Juan Sauce Otro blog en Desafíos Literarios

6 octubre, 2017

La primera corriente submarina

Filed under: Relatos — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 8:27 pm

 

Resultado de imagen de la tierra

 

Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Formó las nubes y los mares. Hizo los continentes con sus montañas y sus valles, recreándose en paisajes tan diversos como desiertos y praderas, selvas tropicales, bosques y sabanas, manglares misteriosos y gélidos glaciares. No contento con eso, puso a brillar en el cielo al astro sol para que alumbrara durante el día; y concedió a la noche la belleza de la luna y el encanto de las estrellas. Todo estaba tranquilo y sereno. No había nada que alterara el orden en el que todo estaba establecido. La quietud y la calma venían a ser distintivos que caracterizaban la armonía del planeta.

Entonces decidió crear el primer organismo vivo. No era exactamente un pez, aunque sí una partícula marina; podríamos decir que era como un protozoo, un animal minúsculo, simple, unicelular, insignificante; nada comparado con la enormidad y grandeza de quien lo creaba. Aún así, lo formó con ahínco, con interés y con pasión. Lo formó con una complejidad inimaginable para algo de tan minúsculo tamaño. Delicadamente lo tomó con sus manos y lo depositó en el agua. Su sola existencia en el elemento líquido supuso ya una diferencia: siguiendo el principio de Arquímedes, este cuerpo sumergido en el agua provocó una subida del nivel del mar. Quizá fuera imperceptible; si otros ojos hubieran estado allí, seguro que no se habrían dado cuenta. Pero su escaso volumen ocupaba un espacio y las partículas de agua no tuvieron más remedio que apartarse y dejarle paso.

El cambio pareció agradar al Creador. Así que dotó a la criatura de microscópicos mecanismos que le permitieran desplazarse: unos filamentos muy finos, casi invisibles, pero suficientes para empujar su cuerpo. El ser, ante la quietud y sosiego que gobernaba en derredor suyo, sintió la tentación de acompañar la calma quedándose en un estado de inamovilidad; mas, a pesar de sus dudas, decidió moverse. Con aquellos cilios que le había otorgado el Hacedor, impulsó su pequeño cuerpo en una determinada dirección. Con su acto, empujó los átomos de hidrógeno, provocando que estos empujaran a otros átomos, y así sucesivamente. No sabría si llamarlo “efecto dominó”, pero el resultado fue que se produjo en el fondo de los mares la primera corriente submarina.

Esta corriente, en su periplo por las profundidades del océano, empujó también las partículas de agua hacia la superficie, componiendo entre ellas lo que se convirtió en la primera ola. La ola, al moverse en la parte exterior de las aguas, apartó las partículas del aire, y de esta manera surgió el primer viento. El viento y la ola, desplazándose cada uno por su medio, chocaron con el continente, haciendo de ello la primera erosión.

Ambos volvieron atrás, rebotando con la tierra firme. Los átomos siguieron empujándose unos a otros, los vientos se hicieron más fuertes, las olas se multiplicaron, las corrientes siguieron su curso… Fue entonces que Dios vio que el mundo era apto para la creación de vida. Era el momento para dar lugar a los peces, las aves, los insectos, los reptiles, los anfibios, los crustáceos, los moluscos y los mamíferos en un planeta que fluía movimiento y vitalidad. Así se llenó el planeta de vida.

Realmente no sé si fue así como ocurrió; por supuesto, no estuve allí. Pero sí sé que cuando tú y yo llegamos se produjo una diferencia en este mundo. Se nos ha dotado, además, de cierta capacidad de movimiento. Movimiento que, estoy seguro, producirá algo; no importa lo insignificante que al principio parezca. La tentación a quedarse quieto es grande. El mundo impone. Pero vence esa tentación y crea, forma, haz, compite, escribe, compón, dibuja, cincela, canta, toca, investiga, estudia, descubre, actúa, enseña, esculpe, ayuda, corta, pega, fotografía, lidera, golpea, diseña, explora, guía, juega, corre, salta, filma, pinta, inventa, investiga, recita, pon en marcha los mecanismos intrínsecos que hay en ti. Nunca sabes hasta dónde puede llegar tu acción, cuánto puede influir tu talento, cómo puede cambiar nuestro entorno.

Por muy pequeño que te veas, no te menosprecies. Por mucho que te tiente el no hacer nada, no te quedes quieto.

Muévete.

 

 

23 abril, 2017

Una moraleja más…

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 2:34 pm

 

Transcurría una tarde de abril poco inspirada. Mientras escribía, era consciente de la pugna que tenía con las palabras, que parecían no querer salir de mi cabeza. Pero me había empeñado en terminar mi nuevo relato para la columna “Con moraleja”, ya saben, mi sección en desafiosliterarios, donde pretendo escribir historias con una enseñanza final, algo sobre lo que reflexionar, a modo de los cuentos clásicos de antaño.

Y a un clásico recurrí para resolver mi problema de inspiración. De esa manera hice vestirse, ceñirse su armadura y salir al galope a lomos de un blanco corcel, al caballero San Jorge, con destino al lugar donde se hallara su hermosa y amada princesa en apuros.

Ya lo conocen: fuerte, valiente, impetuoso; no existía peñasco demasiado alto ni valle  suficientemente tenebroso como para hacerle desistir de su empeño. Atravesó bosques plagados de bandidos y desiertos colmados de fieras, hasta llegar a la ciudad, que se erguía sobre la colina como un bastión que en tiempos remotos debió tener mejor aspecto.

La tarde decaía cansada sobre sus habitantes, que recogían sus enseres a toda prisa. El alfarero tiraba de un carretón sin importarle que algunas jarras cayeran despedazándose en el suelo. El panadero hacía caso omiso de la harina que perdían los sacos que transportaba. Las madres apuraban a sus criaturas para que se refugiaran de inmediato en el amparo de su hogar.

Un anciano caminaba presuroso, ayudado por su fiel y gastado bastón. Pareció ser el único en distinguir al recién llegado, a quien hizo señas para que se acercase. Su rostro arrugado evidenciaba los largos años vividos y sus ojos apagados reflejaban el miedo de quien ya ha visto mucho sufrimiento. Sus labios temblaban cuando dejó salir unas palabras que conmocionaron al caballero:

— ¡Papá, ven a jugar conmigo!

Después de la sorpresa, me giré para observar el rostro sonriente de un chiquillo de nueve años.

— Ahora no puedo, Josué —respondí—. ¿Por qué no juegas tú solo?

— ¡Jo! ¡Es muy aburrido!

— Anda, ve. Que te divertirás.

Lamento la interrupción; como pueden ver, mi hijo ha entrado en el despacho y quiere que vaya… Bueno, no importa.

Como iba diciendo, el anciano habló con el caballero para darle cuenta de la situación:

— ¿Eres extranjero aquí? ¡Ven conmigo, muchacho! No es conveniente que te quedes aquí fuera esta noche, a no ser que desees encontrarte cara a cara con el mismo demonio.

El anciano lo hizo entrar en su casa, cerca de las murallas de la ciudad. Después de asegurar la puerta con una sonora vuelta al cerrojo, procedió a darle la pertinente explicación:

— Cada tres lunas aparece por esta ciudad una bestia enorme, temible, capaz de destruir todo a su paso sin dejar escombro bajo el cual refugiarse. Su apetito voraz nos dejó sin ganado y amenazaba nuestras cosechas, de tal manera que diezmaba peligrosamente a la población. Pero hallamos una forma de aplacar su ira: la bestia parecía contentarse si tan solo le ofrecíamos un sacrificio. Por tanto, al acercarse la fecha aciaga, una doncella es seleccionada por azar para ser devorada por el monstruo y salvar así al resto de los habitantes.

Indicó al caballero que se asomara por la ventana. En lo alto de la muralla, una joven de cabello claro como el sol y vestido blanco como la nieve, esperaba con aire solemne oteando el horizonte.

— La mala suerte ha querido que esta vez la escogida sea nuestra princesa —continuó diciendo—. Es muy amada por su pueblo, tanto que incluso ha recibido ofertas para ocupar su lugar frente a la bestia; pero ella ha aceptado su sino con valentía y determinación.

El caballero contempló la escena mientras se le encogía el corazón. Había vivido demasiadas batallas y visto correr demasiada sangre. Conocía la angustia del desamparado y el clamor de quienes han sufrido en su carne las injusticias. Por muy tentado que se sintiera a no hacer nada, siempre tendría en su cabeza una voz que despertaba su conciencia, como un eco lejano que le gritaba una y otra vez:

— ¡Papiiiiii!  ¡Sal afuera a jugaaaar!

— ¡Que ahora no puedo, Josué! —fue la respuesta; la mía, no la de San Jorge—. ¡Estoy ocupado con algo importante!

Lo que quiero decir es que el caballero no podía permanecer de brazos cruzados ante tal situación y salió corriendo de la casa en dirección a la muralla. Las tinieblas ya se habían esparcido como un manto que cubría los tejados. La oscuridad de la noche no podía sino presagiar el mal que se aproximaba…

— ¡Pero si hace un sol tremendo! ¡Siempre dices que, cuando hace sol, es bueno que salgamos a la calle!

No pude evitar que mis dedos golpearan mi frente, apretándola con fuerza, como si tratara de impedir que las ideas saltaran de la cabeza.

— No, Josué. Ahora es de noche. Necesito que sea de noche para dar énfasis a la historia. Es un símbolo usado como metáfora para representar el concepto de la amenaza subyacente. ¿Entiendes?

Me miró con el ceño fruncido por el hueco de la ventana.

— ¡Pero si el sol brilla una barbaridad! ¡En serio!

¡Olvidémoslo! La cuestión es que trepó por la muralla y llegó hasta donde estaba la princesa. ¡Dios mío! ¡Era más hermosa de lo que había imaginado! Su rostro, puro e inocente, reflejaba la belleza del nacimiento de una flor; sus cabellos ondulantes jugaban mecidos por el viento, como las olas del mar, reflejando la luz de las estrellas. Los ojos del caballero apenas podían contener un río de lágrimas de emoción. Cuanto más se acercaba a ella, mayor era el esfuerzo que debía realizar para que su corazón no saliera de su pecho.

“¡Boum!”

Se escuchaba un latido como un golpe seco en la pared.

“¡Boum!”

De nuevo; parecía que todo retumbaba con cada golpe. Me asomé otra vez por la ventana y grité:

— Josué, ¿qué haces?

— Estoy jugando con el balón. ¿Vienes a jugar a fútbol?

— ¡No, Josué, ya te lo he dicho! ¡Y no chutes contra la pared, que se mueve todo!

Volviendo a nuestra historia, de repente el ambiente se volvió siniestro y amenazador. Una espesa nube gris envolvió la noche dejando olor a azufre en cada rincón. Un ruido ensordecedor resonaba como insistente trueno que anuncia una tormenta. De entre la negrura aparecieron dos ojos fulgurantes como antorchas, dando paso a unas alas tan grandes como las aspas de un molino y unas garras afiladas como las espadas del mejor forjador. Su boca parecía alimentada por las brasas del infierno y sus escamas parecían tan duras como la roca de las montañas. Desde el poblado se oyó un estremecedor grito:

— ¡Una lagartijaaaa!

— ¿Qué dices?

— ¡Que he visto una lagartija! ¡Corre, ven!

Esta vez sí; con la ventana abierta, hice valer mi, hasta ahora, cuestionada autoridad y estipulé claramente los límites de mi paciencia.

— ¡Por favor, Josué! ¡Basta de interrupciones! ¡Lo que estoy haciendo es muy importante! ¡Así que deja ya de llamarme y no me molestes más!

Y entonces, por fin, desde el poblado se oyó un estremecedor grito:

— ¡El dragón! ¡Ha venido el dragón!

San Jorge se plantó frente a la bestia, mirándola fijamente a los ojos. El monstruo le devolvió la mirada, posándose junto a él en tono amenazador. Acercó su enorme hocico al rostro del caballero para observar quién era el insensato que osaba plantarle cara de aquella manera. Cada colmillo, afilado como un cuchillo, parecía capaz de desgajar las piedras como si fueran hogazas de pan. Entonces, para sorpresa de todos, el guerrero se quitó su yelmo, dejó caer su espada y se desvistió de su coraza. Levantó una mano extendida para acariciar la cabeza de la bestia. Con voz suave pero suficientemente audible para que le escuchara todo el pueblo, habló con el animal:

— No tenemos por qué hacerlo. No hace falta luchar. Ya hemos vivido egoístamente cada uno de nosotros, pensando tan solo en nosotros mismos. Es tiempo ya de que dejemos de ser enemigos. Podemos vivir en paz. No insistamos en aislarnos los unos de los otros, enfocados en nuestros propios intereses. No ignoremos la necesidad que todos tenemos de aceptación, comprensión y compañía…

— ¿Por qué no?

El caballero balbuceó, sorprendido de que el monstruo poseyera la capacidad de hablar.

— ¿Por qué no… qué?

— ¿Por qué no puedes salir a jugar conmigo?

Me volví y me di cuenta que Josué me observaba a través de la ventana con esos ojos manipuladores que solo los niños saben poner. Más cansado que enfadado, traté de contestarle con la mayor suavidad que era capaz de ofrecer:

— Ya te lo he dicho, Josué. Tengo algo importante que hacer. Estoy tratando de escribir una historia que nos hable de la importancia de las relaciones, que es mejor disfrutar de la compañía los unos de los otros y cuán fundamental resulta estar cerca de las personas que amamos; porque al fin y al cabo ese será el mejor recuerdo que conservemos cuando lleguemos a viejos. El aislamiento y la soledad solo trae desconfianza; pero en cambio, pasar tiempo juntos nos ayuda a conocernos y ser amigos. Es por eso no puedo salir a jugar contigo. ¿Lo entiendes de una vez?

Mi hijo asintió, asegurándome que no volvería a interrumpirme, y acudió de nuevo a sus juegos en el jardín. ¡Por fin parece que podré terminar la historia!

Veamos, ¿por dónde iba…? ¡Ah, sí, el dragón! El terrible animal notaba el calor de la mano apoyada sobre su hocico. Examinaba atentamente al caballero al tiempo que se hacía más lenta su respiración…

¡Míralo! Puedo ver por la ventana cómo se distrae persiguiendo una mariposa.

…La princesa, que observaba la escena con las manos apretadas contra el pecho, elevaba al cielo los versos de una inaudible plegaria…

¡Parece que ha visto un nido de hormigas! Está jugando con ellas con un palo.

…El caballero extendió la otra mano para… Bueno, para tocar… No; para saludar…

Una sensación inconsciente hizo que me removiera incómodo en el asiento. Tenía la impresión de que las musas habían chocado unas con otras, distraídas por las interrupciones de los últimos minutos.

Quisiera pedirles perdón por no poder terminar esta historia. Pero afuera tengo un niño cuyo padre tiene que aprender una lección sobre las relaciones. Lo lamento mucho y espero verles la próxima semana con un relato totalmente acabado. Muchas gracias por su comprensión. ¡Feliz día de San Jorge!

16 marzo, 2017

El mentiroso

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , , — Juan Sauce @ 8:51 pm

— ¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

¿Qué edad tendría entonces? ¿Catorce? ¿Quince años? Sí, debió ser más o menos en esa época. Ya ha pasado bastante tiempo desde entonces pero todavía recuerdo cantinela como si fuera ayer. La cantábamos con desprecio, sin compasión; como cada golpe de palabras que proferíamos contra él.

La verdad, no sé cómo pudo haber llegado al instituto. Tengo entendido que cuando detectaban casos como el suyo, enseguida los derivaban a centros especiales. Él apenas hablaba con nadie, su cerebro no estaba capacitado para relacionarse con el mundo exterior. No miraba a nadie a los ojos y su ingenuidad, de una simpleza extraordinaria, le hizo ganarse más de un empujón y alguna zancadilla malintencionada.

Pero es que además nos sorprendía con sus comentarios espontáneos, que soltaba así, de pronto; tales como:

— ¡Ayer he visto de cerca una ballena enorme!

Mentiroso. ¿Cómo iba a ver una ballena si hace más de un siglo que se extinguió dicho animal? O como en otra ocasión, antes de tomar el aerobús escolar, cuando soltó:

— El otro día viajé en un tren antiguo por las selvas de la India.

— ¡Mentiroso! ¡Mentiroso! —se ganaba de nuevo otra canción. Todos sabíamos que era una mentira porque nadie podía salir de la ciudad sin un salvoconducto, de esos con microchip, que dispensan en las estancias del gobierno; su familia nunca hubiera podido permitirse un lujo así.

Pero él seguía con sus declaraciones estúpidas. Bastaba que viera algún objeto que le recordara algo, o un evento que prendiera alguna chispa de su diminuta cabecita, para que soltara otra enorme sandez.

— ¡Hoy he visitado un planeta lleno de árboles gigantes!

— Una vez subí a un barco pirata que me llevó a una isla desierta.

— Yo he visto seres gigantes y diminutos.

— ¡Estuve conversando con un gato que habla!

Aunque sus comentarios me resultaban molestos, no solía hacerle mucho caso. Pero lo que más me irritaba era la buena relación que parecía tener con el señor Thompson. Rondaba más de los cincuenta, con un bigote rampante y una mirada que parecía escudriñarlo todo. Era, con diferencia, mi profesor favorito del instituto. No sabría decir por qué. Tal vez porque era menos estricto que el resto de maestros, o más cercano en su trato con los alumnos; no sé. Sé que esto no debería ser así, pues se nos enseñaba muy férreamente que no debíamos tener ninguna relación de camaradería con personas que estaban en puestos de autoridad.

Era el profesor de Historia, una asignatura secundaria; no tan importante como Administración o Legislación. Su materia era escueta; apenas estudiábamos Prehistoria, Edad Media, la Revolución Industrial y, por supuesto, la actual era de la Administración Clone, la parte más gruesa del libro. Un día nos explicó que, antiguamente, los colegios enseñaban Arte y Literatura. Se arriesgaba demasiado. En aquel momento no lo sabíamos, pero había temas de los que no se podía hablar. El gobierno había prohibido esas asignaturas por superfluas e inútiles para la productividad del Estado.

Pero, como decía, me caía bien. No como el mentiroso, que parecía haberse ganado su confianza. Por eso un día lo seguí, al bajar del aerobús. Lo de caminar por un barrio que no era el mío fue una locura, de esas que se hacen de adolescente, aunque en realidad estaba a solo dos paradas después del mío. Tuve que ponerme la mascarilla, pues me pareció que el nivel de polución en aquella zona era mayor que en el resto de la ciudad. Llegó hasta una puerta que le abrió una mujer, que no era su madre; lo sé porque alguna vez la había visto en las reuniones escolares, cuando dan las instrucciones a los padres. Estuve esperando como una hora cuando otra persona entró en la vivienda. Era el señor Thompson. ¡No sabía que vivía, relativamente, tan cerca de mi casa! Esperé una hora más y salió el chico de allí, muy contento. Le seguí de nuevo a escondidas hasta que llegó a la que, esta vez sí, era su casa, bastante cercana de la del profesor.

Justo en ese momento, noté cómo se posaba violentamente una mano sobre mi hombro. Al girarme observé a un guardia estatal, enfrentándome con cara de pocos amigos.

— ¡Niño! ¡Esta no es tu zona! ¡Tu tarjeta de identificación es azul, no verde! ¿Me puedes decir qué haces aquí?

Instintivamente miré el retal de color obligatorio en mi chaleco, como queriendo verificar lo que ya sabía. Del susto, confesé y le expliqué que me parecía sospechoso que el crío ese, el mentiroso, fuera a casa del profesor Thompson, y por eso le seguí.

— ¡Está bien, chico! —me soltó tan repentinamente como me había agarrado—. Consideraré que te has equivocado de barrio. ¡Vete a tu casa! ¡Y no vuelvas a confundirte!

Regresé tan rápido como pude, con el miedo dentro del cuerpo. Al llegar a mi casa, tuve que dar explicaciones a mis padres del porqué de mi retraso. Pero a ellos no les conté la verdad, y los convencí de que me había quedado dormido durante el regreso y por eso me equivoqué de parada.

Pasaron un par de días y sucedió que ni el mentiroso, ni el señor Thompson, vinieron más a la escuela. Sobre el primero nos dijeron que lo habían trasladado, por fin, a otro centro más adecuado a sus características especiales. Sobre el segundo, nos informaron que el profesor se había visto obligado a realizar un viaje de suma importancia y pronto enviarían a un sustituto. Nunca volvimos a verlos.

Ese mismo día, sumido en mis pensamientos y casi sin darme cuenta, bajé otra vez en la parada del mentiroso. Pasé de largo junto a su casa que, obviamente, estaba vacía. Me planté luego frente a la vivienda del profesor, con cara de estupefacción. Sobre la puerta estaba pegada la señal amarilla de la policía, indicando que nadie debía cruzar ese umbral. No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento; debió de ser una de esas tonterías que se hacen solo una vez en la vida. La cuestión es que entré y vi todo un desorden de trastos, muebles y libros, muchos libros, tirados por el suelo. Me agaché para observarlos y me parecieron muy extraños porque no eran los típicos de álgebra, ofimática o idiomas. Sus títulos eran Moby-Dick, La vuelta al mundo en ochenta días, El principito, La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, Alicia en el País de las Maravillas…

Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ahora lo recuerdo, mientras bajo al búnker secreto que construyeron mis antepasados bajo la casa durante la Tercera Guerra. Allí tengo guardados la docena de ejemplares que apenas me pude llevar de la casa del profesor antes de que lo desaparecieran todo. Parece increíble; he leído estos libros una y otra vez, y me doy cuenta ahora, de viejo, que yo también he visto ballenas, viajado por la selva y visitado planetas hermosos, cosas que no podría haberlas hecho de otra manera. A estas alturas me doy cuenta de lo afortunado que era el mentiroso. Y de que decía la verdad cuando soltaba sus sandeces. Sí, tenía razón el mentiroso…

12 febrero, 2017

La carrera de mi vida

Filed under: Relatos — Etiquetas: — Juan Sauce @ 5:39 pm

Fue hace ya muchos años y era demasiado pequeño como para recordar los detalles, pero creo que fue más o menos así.

Dudo que conociera a ninguno de mis adversarios, a pesar de que todos procedíamos del mismo lugar. Pero no estaba por la labor de reconocer a competidores sin nombre; ni siquiera los tenía como enemigos. Todo mi ser se concentraba en una sola cosa: llegar a la meta y conseguir el premio.

La batalla fue muy dura. Salimos todos a la vez, a la máxima velocidad que podía permitirnos nuestra corta existencia. Seguro que tropezábamos unos con otros, en esa carrera de multitudes, una marabunta tan grande que no me sorprendería si me dijeran que éramos miles… ¡o millones! Empujados unos por otros, actuábamos sin compasión hacia nuestro prójimo, como una manada que lucha por su supervivencia. Muchos se quedaron por el camino, cansados, exhaustos, sin fuerzas. Otros se equivocaron de ruta, quedando así condenados, no solo al fracaso, sino a la muerte. Y es que no resultaba fácil orientarse por aquellas extrañas grutas, cavidades sin señalización, lugar solitario y hostil en el cual nunca había estado… ¡Y sin luz! ¿Qué fue lo que me guió? Pienso que fue el instinto, algo más fuerte que yo que me hacía poner en movimiento todo mi cuerpo, ayudado por mi única extremidad.

Finalmente llegué al destino. Pero no fui el único. Ni siquiera sé si fui el primero. Como locos comenzamos a buscar desesperadamente la entrada de aquel lugar. Cada segundo que pasábamos palpando la pared era un tiempo precioso que jugaba en nuestra contra. Pero finalmente lo conseguí. Hallé el angosto acceso por el cual me deslicé hasta el interior. La entrada quedó bloqueada tras de mí. Nadie más pudo entrar. Quienes quedaron fuera estaban destinados a extinguirse. De todos ellos, solo yo continuaría esta carrera de ahora en adelante. Pagué un precio por mi hazaña: perdí mi cola. Pero obtuve a cambio la salvación, la victoria, el premio, la vida. En aquel momento, mi unión con aquel organismo, en el útero materno, engendró algo. Fue engendrado algo que, tristemente, tardé muchos, muchísimos años en descubrir: iba a nacer un ganador.

22 mayo, 2016

Mascarada animal

Filed under: Relatos,Sin categoría — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 8:28 pm

De entre todos los relatos que hasta ahora he compartido en desafiosliterarios.com, este es uno de mis favoritos; y además el dibujo es mío.

máscaras teatro animales

MASCARADA ANIMAL

Ella entró con paso elegante y seductor. Los espléndidos tonos de su plumaje, de vivos azules, verdes y rojos, le otorgaban una deslumbrante belleza exótica. Lucía el envidiable aspecto de una hermosísima guacamayo de colores. A su alrededor, multitud de figuras y formas, grandes y pequeñas, fornidas y lánguidas, de todo tipo de razas y familias, llenaban el lujoso salón donde se celebraba la fiesta. Era el baile de máscaras de los animales.

Caminó con garbo acercándose a una de las mesas rebosantes de frutas, cereales y suntuosos manjares de todos los rincones del planeta. Contempló por un instante los adornos de flores y velas que decoraban el lugar mientras acariciaba suavemente una de las copas de champán dispuestas sobre el mantel. Se dio la vuelta, apoyándose sobre la mesa, y perdió su mirada entre la muchedumbre que la rodeaba risueña. No conocía a nadie; estaba sola.

Por un costado se aproximaba un labrador de pelaje marrón claro, probando de aquí y de allá los canapés y los bombones que encontraba a su paso. Ella no le prestó atención, por eso se sintió repentinamente incómoda cuando percibió que le estorbaba el paso.

-¡Oh, disculpe! –dijo el ave, apartándose para dejarle sitio. Ni siquiera le miró. Sus ojos estaban puestos en las distintas parejas que bailaban y reían juntas, a pesar de ser de especies diferentes.

El can terminó de masticar una tostada untada de fina confitura y trató de romper el hielo iniciando una conversación:

-¡Menudo ambiente!, ¿eh? Estas fiestas suelen reunir a animales de todo el mundo. Bailan, comen y ríen juntos… Creen conocerse y después acaba todo como el rosario de la aurora.

-Perdone, ¿cómo dice? –dijo ella tratando de dejar su ensimismamiento-. No acabo de comprenderle.

-Me refiero a ellos –respondió él, señalando a las diferentes parejas que bailaban a su alrededor-. Parece mentira que todos se olviden de algo tan básico como que nos encontramos en un baile de máscaras. Quiero decir que en el exterior tienen la apariencia de ser un espléndido animal, pero por dentro se encuentra otro muy distinto. Parece que ya nadie recuerda la historia del lobo que se vistió de oveja para ofrecerse un buen festín. Qué olvidadizos nos volvemos cuando queremos.

-¿Qué pretende usted decirme? ¿Que no puedo fiarme de nadie?

-No hablo de todos, por supuesto. Pero hay quien aprovecha su disfraz para atrapar a cualquier incauto. Otros, al contrario, esconden tras la máscara sus defectos, los mismos que saldrán a flote cuando las cosas se vuelvan difíciles…

-Y, por supuesto –dijo ella haciendo una mueca que simulaba una sonrisa-, usted es un experto en detectarlos para que nadie pueda pillarle desprevenido…

El perro se inclinó hacia el ave para tener el mismo ángulo de visión y extendió su brazo señalando a una de las parejas que se movían al armonioso compás de la música.

-Mire: ¿ve a ese simpático oso bailando tan gentilmente con una gacela?

Ella observó con atención a un enorme y regordete panda.

-Observe bien. En realidad es una boa constrictor. ¿Se da cuenta de lo que significa? ¡Cons-tric-tor! ¡Qué irónico! –rió-. Imagínese qué sorpresa se llevará ella cuando él quiera darle un “abrazo de oso”…

Efectivamente, por la parte de atrás de su disfraz, pudo observar que sobresalía una cola escamosa de manchas marrones que le identificaban con el reptil mencionado.

-¡Es horrible! –dijo ella.

-Sí; pero intente advertir a la gacela y recibirá una cornada de sus falsos cuernos. Muy raras veces quieren escuchar los consejos en ocasiones como estas. Y mire aquella pareja de allá –el perro señaló a una atractiva conejita tomando unas copas con un animado gallo-. Yo, en su lugar, me lo pensaría dos veces. Ese animal no sabe que está coqueteando con una araña viuda negra.

-¡Qué horror! ¿Es siempre así de terrible?

-No, no; hay casos más divertidos… ¿Ve a ese guepardo de ahí? Ella se ha fijado en él porque necesita a alguien que sea rápido y despierto, ya que se trata de una siempre ocupada hormiga. Pero no se ha dado cuenta de que está hablando con un perezoso… Y él solo ha visto de ella su disfraz de ruiseñor; seguro que espera que le cante nanas a la luz de la luna… ¡Lo lleva claro! Lo que le cantará será las cuarenta, cuando llegue la ocasión.

-¡Es asombroso! ¡Nunca lo hubiera pensado…!

Y juntos rieron mientras él le señalaba al cobarde ratón disfrazado de león flamante, a la indomable pantera vestida como una doméstica gallina, a un aparente búho, tras el cual se ocultaba un cegato topo, y a la hermosa y coqueta mariposa que escondía el lúgubre y tacaño rostro de una vieja urraca.

Se lo estaban pasando estupendamente cuando ella interrumpió su resuelta conversación.

-Bien, me has convencido –dijo-. Creo que tienes razón. Ya sé lo que debo hacer.

Todavía riendo, el labrador parecía no entender lo que quería decirle. La guacamayo procedió entonces a quitarse el disfraz y apareció en su lugar una sencilla y común paloma. Por un momento permaneció atónito. Después mostró una expresión de alivio.

-Ah, bien… Bueno, me alegro; no hubiera sido capaz de estar a la altura de… -carraspeó nervioso-. Parecías demasiado sofisticada. Mejor así.

Ella le miró profundamente y le hizo un gesto con su cabeza. Lo comprendió; era su turno.

-De acuerdo. No te sorprendas… Lo cierto es que no estoy acostumbrado…

El perro se quitó su máscara para dar lugar al rostro de un estrafalario ornitorrinco.

-Bueno… Ya sabes –dijo haciendo un esfuerzo por levantar la mirada-; no me gusta que me identifiquen como un animal… raro.

-Yo iba a decir… interesante –dijo la paloma.

Ambos sonrieron. Se acercaron a la mesa y tomaron un par de copas de champán, levantándolas para hacer un brindis.

-Ahora podemos empezar a conocernos.

 

15 mayo, 2016

LA ESCALERA DE PENROSE y algo sobre el origen de este relato

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 8:00 pm

Esta historia parece que ha tenido buena acogida. La podéis encontrar en desafiosliterarios.com, en mi sección “Con moraleja” ( http://desafiosliterarios.com/category/columnas/con-moraleja-por-el-sauce/ ),  junto con otros relatos de mi autoría (¡en serio, pasaros por allí!). Se me ocurrió y la compuse en tan solo tres días, mientras presentaba décimas de fiebre, una gastrointeritis de cuidado y agotado por causa de una situación de estrés laboral. Así que puedo decir que salió literalmente de las entrañas. No me suele pasar, fue una sensación rara; tenía que contarla y tenía que hacerlo inmediatamente. No estaba muy seguro de que hubiera quedado con un resultado adecuado pero he podido percibir que ha gustado mucho. Aunque espero no tener que encontrarme así de mal para seguir contando buenas historias.

Para quienes ya la han leído, y para quienes no, aquí la dejo de nuevo:

escalera infinita

LA ESCALERA DE PENROSE

Me encontré subiendo unas escaleras que parecían no acabarse nunca. Me sentía fatigado, pero persistía en mi empeño. Mis ojos se fijaron, no sé por qué, en un escalón concreto; no lo veía distinto a los demás, pero allí fue a parar mi mirada hasta que pasé de largo. Giré una esquina de noventa grados. Las escaleras continuaban. Giré de nuevo. Y otra vez. Y otra. Y ahí, mi vista se posó sobre el mismo escalón. No tenía ninguna grieta, ni mancha, ni nada que lo diferenciara de los demás pero, de alguna manera, yo sabía que era el mismo. Ya había pasado antes por allí.

Entonces levanté mi mirada de los peldaños. Me di cuenta que, desde que subía, no había dirigido mi vista hacia ningún otro sitio. En mi universo alternativo, pude ver a mi derecha una escalera flotando. Tenía cuatro esquinas, de tal manera que la escalera enlazaba consigo misma y producía un efecto insólito: quien subiera o bajara por ella no encontraría nunca su final. Escalera imposible, o escalera de Penrose, es como la llaman.

La escalera era majestuosa, construida del mármol más fino. Sus barandillas eran doradas y llenas de ornamentos. Por ella subía un hombre anciano a tres patas; quiero decir, que usaba un bastón para apoyarse. Intrigado, quise saber cuál era ese misterio y grité al hombre:

-¿Quién eres tú?

-Yo soy la memoria, la memoria histórica.

Para mi sorpresa, no fue el hombre el que respondió, sino la escalera, oyéndose su voz dentro de mi cabeza. Superada la sorpresa inicial, pregunté:

-¿Y quién es ese hombre? ¿Por qué sube y sube sin parar, pasando siempre por el mismo sitio?

-La humanidad tiene la capacidad de trazar su propio rumbo, pero cuando no es capaz de recordar su propia historia, está obligada a repetirla.

Abrumado por ese pensamiento filosófico, sobre el cual no quise entrar en discusión, miré un poco más a mi derecha y vi otra de esas extrañas escaleras infinitas, hecha de un material más común; parecía la de un bloque de pisos de uno de los barrios viejos de la ciudad. La persona que la subía, hacía un tremendo esfuerzo, pues a cada paso que daba, una anilla de hierro se unía a sus pies, de tal manera que arrastraba una cadena cada vez más larga.

-¿Y tú quién eres? –pregunté esperando recibir la contestación también en mi cabeza.

-Yo soy el pensamiento negativo. Hay quien me llama preocupación.

-¿Y por qué atormentas a ese pobre hombre?

-Este ser tiene la capacidad de salir por sí mismo de aquí. Tan solo debiera de dejar de dar vueltas al mismo pensamiento y cambiar de dirección. Entonces aparecería una nueva escalera que le llevaría a otro sitio.

-Eres cruel –contesté-. Le pones cadenas en los pies para que no pueda avanzar.

-No has visto nada –rió con sorna-. Aún no ha llegado al estado de depresión. Allí recibirá cadenas aún mayores y un grillete. Y le será más difícil encontrar un camino alternativo.

Asustado, decidí apartar mi mirada de esa siniestra escalinata y me volví hacia mi izquierda. Allí flotaba otra escalera de Penrose que, de haber tenido cara, hubiera sido un rostro maquiavélico; así la percibía. En sus peldaños, un hombre joven no subía, sino bajaba, a ratos tranquilo, a ratos frenético; y a cada momento tropezaba y se daba de trompicones contra la escalinata. Su rostro era una mezcla de alivio y desesperación. Pregunté también qué era aquello.

-Soy la adicción –respondió-. Quien por mí transita está condenado a bajar siempre las mismas escaleras, quiera o no quiera. Nadie puede escapar de mí.

-¿No puede salir de ninguna manera? –pregunté.

-Para ello tendría primero que reconocer su problema. Y después pedir ayuda. Pero la vergüenza y la desesperanza me dan fuerzas para mantenerlo retenido. ¡Es mío!

Y soltó una escalofriante carcajada. Miré una vez más y vi otra escalera imposible, esta vez hecha de papel. Me hizo gracia, porque por ella subía un hombre regordete y no sabía cómo podía soportar su peso.

-Soy la creatividad –me dijo-. Este pobre guionista se ha quedado atrapado en un fragmento de su historia y no sabe cómo hacerla avanzar. Pero si tan solo me arrugara, me tirara y comenzara de nuevo, encontraría una nueva versión que revitalizaría la historia. Pero el miedo a perder lo que ya ha hecho, no le permite volver atrás, aunque sepa que tiene que cambiarlo.

Habían más escaleras de esas flotando por el espacio, de las más variadas formas y con los más variopintos personajes subiendo o bajando por ellas. Una de ellas me preguntó a mí, porque escuché su voz que decía dentro de mi cabeza:

-¿Y tú quién eres? ¿Por qué subes esa escalera sin parar, pasando siempre por el mismo escalón?

Sabía la respuesta. Pero en el momento en que iba a contestar, escuché un lejano pitido intermitente, como de un despertador. La misma voz volvió a resonar en mi cabeza, diciendo:

-Tenemos que irnos.

Entonces el conformista despertó y decidió cambiar de rumbo para comenzar a perseguir sus propios sueños ya olvidados. El que estaba atrapado en su mentira despertó y confesó la verdad que le hizo libre de seguir fingiendo. El inventor despertó y activó su cerebro para descubrir una nueva tecnología que mejorara lo que otros decían que era inmejorable. La mujer abusada despertó y tomó la conciencia de que algo debía hacer para salir de la prisión a la que la tenía sometida su maltratador. El niño despertó y descubrió que podía conseguir aquellas cosas que unos padres insensibles le habían dicho que jamás lograría alcanzar.

Desperté. Era sábado, casi las diez de la mañana. Me sentía agotado. Mi mujer y los niños ya se habían levantado. Había sido una semana muy dura en el trabajo, con mucha presión y agobiante rutina. Miré a mi alrededor. Desde mi lugar podía ver el mismo suelo que barrer, la misma ropa que doblar, los mismos muebles que limpiar… Me levanté y dije a mi esposa:

-Querida, ¿por qué no salimos a pasear? Comamos fuera. No importa dónde.

-Pero, ¿y el dinero? –respondió-. Ya sabes cómo vamos.

-Solo por un día. ¿Hace cuánto tiempo que no tomamos vacaciones? No hace falta ir a un sitio caro. Llevemos comida de aquí si es necesario. ¿Acaso no necesitas tú también un descanso? ¿Acaso los niños no merecen hacer algo distinto de vez en cuando?

Y al momento hicimos los preparativos, metimos a los niños en el coche y salimos zumbando, sin una dirección determinada. Conduje con el único propósito de alejarme, aunque solo fuera un día, de mi escalera de Penrose.

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