Juan Sauce Otro blog en Desafíos Literarios

16 marzo, 2017

El mentiroso

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , , — Juan Sauce @ 8:51 pm

— ¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

¿Qué edad tendría entonces? ¿Catorce? ¿Quince años? Sí, debió ser más o menos en esa época. Ya ha pasado bastante tiempo desde entonces pero todavía recuerdo cantinela como si fuera ayer. La cantábamos con desprecio, sin compasión; como cada golpe de palabras que proferíamos contra él.

La verdad, no sé cómo pudo haber llegado al instituto. Tengo entendido que cuando detectaban casos como el suyo, enseguida los derivaban a centros especiales. Él apenas hablaba con nadie, su cerebro no estaba capacitado para relacionarse con el mundo exterior. No miraba a nadie a los ojos y su ingenuidad, de una simpleza extraordinaria, le hizo ganarse más de un empujón y alguna zancadilla malintencionada.

Pero es que además nos sorprendía con sus comentarios espontáneos, que soltaba así, de pronto; tales como:

— ¡Ayer he visto de cerca una ballena enorme!

Mentiroso. ¿Cómo iba a ver una ballena si hace más de un siglo que se extinguió dicho animal? O como en otra ocasión, antes de tomar el aerobús escolar, cuando soltó:

— El otro día viajé en un tren antiguo por las selvas de la India.

— ¡Mentiroso! ¡Mentiroso! —se ganaba de nuevo otra canción. Todos sabíamos que era una mentira porque nadie podía salir de la ciudad sin un salvoconducto, de esos con microchip, que dispensan en las estancias del gobierno; su familia nunca hubiera podido permitirse un lujo así.

Pero él seguía con sus declaraciones estúpidas. Bastaba que viera algún objeto que le recordara algo, o un evento que prendiera alguna chispa de su diminuta cabecita, para que soltara otra enorme sandez.

— ¡Hoy he visitado un planeta lleno de árboles gigantes!

— Una vez subí a un barco pirata que me llevó a una isla desierta.

— Yo he visto seres gigantes y diminutos.

— ¡Estuve conversando con un gato que habla!

Aunque sus comentarios me resultaban molestos, no solía hacerle mucho caso. Pero lo que más me irritaba era la buena relación que parecía tener con el señor Thompson. Rondaba más de los cincuenta, con un bigote rampante y una mirada que parecía escudriñarlo todo. Era, con diferencia, mi profesor favorito del instituto. No sabría decir por qué. Tal vez porque era menos estricto que el resto de maestros, o más cercano en su trato con los alumnos; no sé. Sé que esto no debería ser así, pues se nos enseñaba muy férreamente que no debíamos tener ninguna relación de camaradería con personas que estaban en puestos de autoridad.

Era el profesor de Historia, una asignatura secundaria; no tan importante como Administración o Legislación. Su materia era escueta; apenas estudiábamos Prehistoria, Edad Media, la Revolución Industrial y, por supuesto, la actual era de la Administración Clone, la parte más gruesa del libro. Un día nos explicó que, antiguamente, los colegios enseñaban Arte y Literatura. Se arriesgaba demasiado. En aquel momento no lo sabíamos, pero había temas de los que no se podía hablar. El gobierno había prohibido esas asignaturas por superfluas e inútiles para la productividad del Estado.

Pero, como decía, me caía bien. No como el mentiroso, que parecía haberse ganado su confianza. Por eso un día lo seguí, al bajar del aerobús. Lo de caminar por un barrio que no era el mío fue una locura, de esas que se hacen de adolescente, aunque en realidad estaba a solo dos paradas después del mío. Tuve que ponerme la mascarilla, pues me pareció que el nivel de polución en aquella zona era mayor que en el resto de la ciudad. Llegó hasta una puerta que le abrió una mujer, que no era su madre; lo sé porque alguna vez la había visto en las reuniones escolares, cuando dan las instrucciones a los padres. Estuve esperando como una hora cuando otra persona entró en la vivienda. Era el señor Thompson. ¡No sabía que vivía, relativamente, tan cerca de mi casa! Esperé una hora más y salió el chico de allí, muy contento. Le seguí de nuevo a escondidas hasta que llegó a la que, esta vez sí, era su casa, bastante cercana de la del profesor.

Justo en ese momento, noté cómo se posaba violentamente una mano sobre mi hombro. Al girarme observé a un guardia estatal, enfrentándome con cara de pocos amigos.

— ¡Niño! ¡Esta no es tu zona! ¡Tu tarjeta de identificación es azul, no verde! ¿Me puedes decir qué haces aquí?

Instintivamente miré el retal de color obligatorio en mi chaleco, como queriendo verificar lo que ya sabía. Del susto, confesé y le expliqué que me parecía sospechoso que el crío ese, el mentiroso, fuera a casa del profesor Thompson, y por eso le seguí.

— ¡Está bien, chico! —me soltó tan repentinamente como me había agarrado—. Consideraré que te has equivocado de barrio. ¡Vete a tu casa! ¡Y no vuelvas a confundirte!

Regresé tan rápido como pude, con el miedo dentro del cuerpo. Al llegar a mi casa, tuve que dar explicaciones a mis padres del porqué de mi retraso. Pero a ellos no les conté la verdad, y los convencí de que me había quedado dormido durante el regreso y por eso me equivoqué de parada.

Pasaron un par de días y sucedió que ni el mentiroso, ni el señor Thompson, vinieron más a la escuela. Sobre el primero nos dijeron que lo habían trasladado, por fin, a otro centro más adecuado a sus características especiales. Sobre el segundo, nos informaron que el profesor se había visto obligado a realizar un viaje de suma importancia y pronto enviarían a un sustituto. Nunca volvimos a verlos.

Ese mismo día, sumido en mis pensamientos y casi sin darme cuenta, bajé otra vez en la parada del mentiroso. Pasé de largo junto a su casa que, obviamente, estaba vacía. Me planté luego frente a la vivienda del profesor, con cara de estupefacción. Sobre la puerta estaba pegada la señal amarilla de la policía, indicando que nadie debía cruzar ese umbral. No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento; debió de ser una de esas tonterías que se hacen solo una vez en la vida. La cuestión es que entré y vi todo un desorden de trastos, muebles y libros, muchos libros, tirados por el suelo. Me agaché para observarlos y me parecieron muy extraños porque no eran los típicos de álgebra, ofimática o idiomas. Sus títulos eran Moby-Dick, La vuelta al mundo en ochenta días, El principito, La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, Alicia en el País de las Maravillas…

Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ahora lo recuerdo, mientras bajo al búnker secreto que construyeron mis antepasados bajo la casa durante la Tercera Guerra. Allí tengo guardados la docena de ejemplares que apenas me pude llevar de la casa del profesor antes de que lo desaparecieran todo. Parece increíble; he leído estos libros una y otra vez, y me doy cuenta ahora, de viejo, que yo también he visto ballenas, viajado por la selva y visitado planetas hermosos, cosas que no podría haberlas hecho de otra manera. A estas alturas me doy cuenta de lo afortunado que era el mentiroso. Y de que decía la verdad cuando soltaba sus sandeces. Sí, tenía razón el mentiroso…

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