Juan Sauce Otro blog en Desafíos Literarios

6 octubre, 2017

La primera corriente submarina

Filed under: Relatos — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 8:27 pm

 

Resultado de imagen de la tierra

 

Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Formó las nubes y los mares. Hizo los continentes con sus montañas y sus valles, recreándose en paisajes tan diversos como desiertos y praderas, selvas tropicales, bosques y sabanas, manglares misteriosos y gélidos glaciares. No contento con eso, puso a brillar en el cielo al astro sol para que alumbrara durante el día; y concedió a la noche la belleza de la luna y el encanto de las estrellas. Todo estaba tranquilo y sereno. No había nada que alterara el orden en el que todo estaba establecido. La quietud y la calma venían a ser distintivos que caracterizaban la armonía del planeta.

Entonces decidió crear el primer organismo vivo. No era exactamente un pez, aunque sí una partícula marina; podríamos decir que era como un protozoo, un animal minúsculo, simple, unicelular, insignificante; nada comparado con la enormidad y grandeza de quien lo creaba. Aún así, lo formó con ahínco, con interés y con pasión. Lo formó con una complejidad inimaginable para algo de tan minúsculo tamaño. Delicadamente lo tomó con sus manos y lo depositó en el agua. Su sola existencia en el elemento líquido supuso ya una diferencia: siguiendo el principio de Arquímedes, este cuerpo sumergido en el agua provocó una subida del nivel del mar. Quizá fuera imperceptible; si otros ojos hubieran estado allí, seguro que no se habrían dado cuenta. Pero su escaso volumen ocupaba un espacio y las partículas de agua no tuvieron más remedio que apartarse y dejarle paso.

El cambio pareció agradar al Creador. Así que dotó a la criatura de microscópicos mecanismos que le permitieran desplazarse: unos filamentos muy finos, casi invisibles, pero suficientes para empujar su cuerpo. El ser, ante la quietud y sosiego que gobernaba en derredor suyo, sintió la tentación de acompañar la calma quedándose en un estado de inamovilidad; mas, a pesar de sus dudas, decidió moverse. Con aquellos cilios que le había otorgado el Hacedor, impulsó su pequeño cuerpo en una determinada dirección. Con su acto, empujó los átomos de hidrógeno, provocando que estos empujaran a otros átomos, y así sucesivamente. No sabría si llamarlo “efecto dominó”, pero el resultado fue que se produjo en el fondo de los mares la primera corriente submarina.

Esta corriente, en su periplo por las profundidades del océano, empujó también las partículas de agua hacia la superficie, componiendo entre ellas lo que se convirtió en la primera ola. La ola, al moverse en la parte exterior de las aguas, apartó las partículas del aire, y de esta manera surgió el primer viento. El viento y la ola, desplazándose cada uno por su medio, chocaron con el continente, haciendo de ello la primera erosión.

Ambos volvieron atrás, rebotando con la tierra firme. Los átomos siguieron empujándose unos a otros, los vientos se hicieron más fuertes, las olas se multiplicaron, las corrientes siguieron su curso… Fue entonces que Dios vio que el mundo era apto para la creación de vida. Era el momento para dar lugar a los peces, las aves, los insectos, los reptiles, los anfibios, los crustáceos, los moluscos y los mamíferos en un planeta que fluía movimiento y vitalidad. Así se llenó el planeta de vida.

Realmente no sé si fue así como ocurrió; por supuesto, no estuve allí. Pero sí sé que cuando tú y yo llegamos se produjo una diferencia en este mundo. Se nos ha dotado, además, de cierta capacidad de movimiento. Movimiento que, estoy seguro, producirá algo; no importa lo insignificante que al principio parezca. La tentación a quedarse quieto es grande. El mundo impone. Pero vence esa tentación y crea, forma, haz, compite, escribe, compón, dibuja, cincela, canta, toca, investiga, estudia, descubre, actúa, enseña, esculpe, ayuda, corta, pega, fotografía, lidera, golpea, diseña, explora, guía, juega, corre, salta, filma, pinta, inventa, investiga, recita, pon en marcha los mecanismos intrínsecos que hay en ti. Nunca sabes hasta dónde puede llegar tu acción, cuánto puede influir tu talento, cómo puede cambiar nuestro entorno.

Por muy pequeño que te veas, no te menosprecies. Por mucho que te tiente el no hacer nada, no te quedes quieto.

Muévete.

 

 

5 marzo, 2017

Ganar o perder (historia de la liebre, la tortuga y algunos más)

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , — Juan Sauce @ 7:19 am

¿Te imaginas el cuento de la liebre y la tortuga, pero llevado aún más allá? Este fue el primer relato que se me ocurrió cuando comencé mi aventura de escribir para la página desafiosliterarios.com. El dibujo también es mío.

GANAR O PERDER (HISTORIA DE LA LIEBRE, LA TORTUGA Y ALGUNOS MÁS)

La tortuga ganó a la liebre en una carrera debido a que ésta, en un exceso de confianza, se quedó dormida. A su vez, la liebre ganó al camaleón en un concurso de camuflaje, porque el camaleón se olvidó de que los pigmentos de su piel no pueden volverse blancos como la nieve.
El camaleón, curiosamente, había ganado a la rana en una competición de saltos, ya que al batracio, con los nervios, le dio un calambre en la pata justo cuando tomaba carrerilla. Sin embargo la rana hubo ganado al canario en una prueba de canto, simplemente porque el canario se dio un buen empacho a la hora de comer y le dio hipo en el momento más inoportuno.
Aunque el canario había ganado a la sardina en un reto de natación, y es que la sardina se equivocó de camino porque no distinguía la diferencia entre el este del noreste en su tridimensional mundo submarino. La sardina ganó al colibrí en una apuesta para ver quién aleteaba más rápido sus extremidades, porque el pajarillo tuvo la mala suerte de competir fuera de su ambiente, donde tuvo frío y no fue capaz de separar las alas de su cuerpo para moverlas.
El colibrí ganó a la zarigüeya a la hora de hacerse el muerto porque en su demostración, la zarigüeya se dejó caer sobre un matorral lleno de espinos y os podéis imaginar el grito que soltó. Y por último, la zarigüeya venció a la tortuga en una muestra para ver quién tenía la casa más práctica y original, simplemente porque cuando pasó el jurado junto al cansado reptil, éste se escondió en su caparazón para que la vieran bien pero la confundieron con una simple roca…
Esto me lleva a pensar que no importa lo bueno que sea en una cosa, siempre me pueden ganar. Que no importa cuántas veces pierda, volveré a tener oportunidades para vencer. Que el orgullo, la mala suerte, las circunstancias, un descuido, una absurda equivocación o las propias limitaciones pueden echar a perder lo que mejor sé hacer. Que siempre encontraré gente más capacitada y con más talento que yo pero eso no me impide participar y lograr. Que debemos intentarlo siempre porque no sabemos cuáles serán los imprevisibles resultados. O simplemente que, a veces se gana y a veces se pierde, y hay que saber vivir con eso.

22 mayo, 2016

Mascarada animal

Filed under: Relatos,Sin categoría — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 8:28 pm

De entre todos los relatos que hasta ahora he compartido en desafiosliterarios.com, este es uno de mis favoritos; y además el dibujo es mío.

máscaras teatro animales

MASCARADA ANIMAL

Ella entró con paso elegante y seductor. Los espléndidos tonos de su plumaje, de vivos azules, verdes y rojos, le otorgaban una deslumbrante belleza exótica. Lucía el envidiable aspecto de una hermosísima guacamayo de colores. A su alrededor, multitud de figuras y formas, grandes y pequeñas, fornidas y lánguidas, de todo tipo de razas y familias, llenaban el lujoso salón donde se celebraba la fiesta. Era el baile de máscaras de los animales.

Caminó con garbo acercándose a una de las mesas rebosantes de frutas, cereales y suntuosos manjares de todos los rincones del planeta. Contempló por un instante los adornos de flores y velas que decoraban el lugar mientras acariciaba suavemente una de las copas de champán dispuestas sobre el mantel. Se dio la vuelta, apoyándose sobre la mesa, y perdió su mirada entre la muchedumbre que la rodeaba risueña. No conocía a nadie; estaba sola.

Por un costado se aproximaba un labrador de pelaje marrón claro, probando de aquí y de allá los canapés y los bombones que encontraba a su paso. Ella no le prestó atención, por eso se sintió repentinamente incómoda cuando percibió que le estorbaba el paso.

-¡Oh, disculpe! –dijo el ave, apartándose para dejarle sitio. Ni siquiera le miró. Sus ojos estaban puestos en las distintas parejas que bailaban y reían juntas, a pesar de ser de especies diferentes.

El can terminó de masticar una tostada untada de fina confitura y trató de romper el hielo iniciando una conversación:

-¡Menudo ambiente!, ¿eh? Estas fiestas suelen reunir a animales de todo el mundo. Bailan, comen y ríen juntos… Creen conocerse y después acaba todo como el rosario de la aurora.

-Perdone, ¿cómo dice? –dijo ella tratando de dejar su ensimismamiento-. No acabo de comprenderle.

-Me refiero a ellos –respondió él, señalando a las diferentes parejas que bailaban a su alrededor-. Parece mentira que todos se olviden de algo tan básico como que nos encontramos en un baile de máscaras. Quiero decir que en el exterior tienen la apariencia de ser un espléndido animal, pero por dentro se encuentra otro muy distinto. Parece que ya nadie recuerda la historia del lobo que se vistió de oveja para ofrecerse un buen festín. Qué olvidadizos nos volvemos cuando queremos.

-¿Qué pretende usted decirme? ¿Que no puedo fiarme de nadie?

-No hablo de todos, por supuesto. Pero hay quien aprovecha su disfraz para atrapar a cualquier incauto. Otros, al contrario, esconden tras la máscara sus defectos, los mismos que saldrán a flote cuando las cosas se vuelvan difíciles…

-Y, por supuesto –dijo ella haciendo una mueca que simulaba una sonrisa-, usted es un experto en detectarlos para que nadie pueda pillarle desprevenido…

El perro se inclinó hacia el ave para tener el mismo ángulo de visión y extendió su brazo señalando a una de las parejas que se movían al armonioso compás de la música.

-Mire: ¿ve a ese simpático oso bailando tan gentilmente con una gacela?

Ella observó con atención a un enorme y regordete panda.

-Observe bien. En realidad es una boa constrictor. ¿Se da cuenta de lo que significa? ¡Cons-tric-tor! ¡Qué irónico! –rió-. Imagínese qué sorpresa se llevará ella cuando él quiera darle un “abrazo de oso”…

Efectivamente, por la parte de atrás de su disfraz, pudo observar que sobresalía una cola escamosa de manchas marrones que le identificaban con el reptil mencionado.

-¡Es horrible! –dijo ella.

-Sí; pero intente advertir a la gacela y recibirá una cornada de sus falsos cuernos. Muy raras veces quieren escuchar los consejos en ocasiones como estas. Y mire aquella pareja de allá –el perro señaló a una atractiva conejita tomando unas copas con un animado gallo-. Yo, en su lugar, me lo pensaría dos veces. Ese animal no sabe que está coqueteando con una araña viuda negra.

-¡Qué horror! ¿Es siempre así de terrible?

-No, no; hay casos más divertidos… ¿Ve a ese guepardo de ahí? Ella se ha fijado en él porque necesita a alguien que sea rápido y despierto, ya que se trata de una siempre ocupada hormiga. Pero no se ha dado cuenta de que está hablando con un perezoso… Y él solo ha visto de ella su disfraz de ruiseñor; seguro que espera que le cante nanas a la luz de la luna… ¡Lo lleva claro! Lo que le cantará será las cuarenta, cuando llegue la ocasión.

-¡Es asombroso! ¡Nunca lo hubiera pensado…!

Y juntos rieron mientras él le señalaba al cobarde ratón disfrazado de león flamante, a la indomable pantera vestida como una doméstica gallina, a un aparente búho, tras el cual se ocultaba un cegato topo, y a la hermosa y coqueta mariposa que escondía el lúgubre y tacaño rostro de una vieja urraca.

Se lo estaban pasando estupendamente cuando ella interrumpió su resuelta conversación.

-Bien, me has convencido –dijo-. Creo que tienes razón. Ya sé lo que debo hacer.

Todavía riendo, el labrador parecía no entender lo que quería decirle. La guacamayo procedió entonces a quitarse el disfraz y apareció en su lugar una sencilla y común paloma. Por un momento permaneció atónito. Después mostró una expresión de alivio.

-Ah, bien… Bueno, me alegro; no hubiera sido capaz de estar a la altura de… -carraspeó nervioso-. Parecías demasiado sofisticada. Mejor así.

Ella le miró profundamente y le hizo un gesto con su cabeza. Lo comprendió; era su turno.

-De acuerdo. No te sorprendas… Lo cierto es que no estoy acostumbrado…

El perro se quitó su máscara para dar lugar al rostro de un estrafalario ornitorrinco.

-Bueno… Ya sabes –dijo haciendo un esfuerzo por levantar la mirada-; no me gusta que me identifiquen como un animal… raro.

-Yo iba a decir… interesante –dijo la paloma.

Ambos sonrieron. Se acercaron a la mesa y tomaron un par de copas de champán, levantándolas para hacer un brindis.

-Ahora podemos empezar a conocernos.

 

15 mayo, 2016

LA ESCALERA DE PENROSE y algo sobre el origen de este relato

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 8:00 pm

Esta historia parece que ha tenido buena acogida. La podéis encontrar en desafiosliterarios.com, en mi sección “Con moraleja” ( http://desafiosliterarios.com/category/columnas/con-moraleja-por-el-sauce/ ),  junto con otros relatos de mi autoría (¡en serio, pasaros por allí!). Se me ocurrió y la compuse en tan solo tres días, mientras presentaba décimas de fiebre, una gastrointeritis de cuidado y agotado por causa de una situación de estrés laboral. Así que puedo decir que salió literalmente de las entrañas. No me suele pasar, fue una sensación rara; tenía que contarla y tenía que hacerlo inmediatamente. No estaba muy seguro de que hubiera quedado con un resultado adecuado pero he podido percibir que ha gustado mucho. Aunque espero no tener que encontrarme así de mal para seguir contando buenas historias.

Para quienes ya la han leído, y para quienes no, aquí la dejo de nuevo:

escalera infinita

LA ESCALERA DE PENROSE

Me encontré subiendo unas escaleras que parecían no acabarse nunca. Me sentía fatigado, pero persistía en mi empeño. Mis ojos se fijaron, no sé por qué, en un escalón concreto; no lo veía distinto a los demás, pero allí fue a parar mi mirada hasta que pasé de largo. Giré una esquina de noventa grados. Las escaleras continuaban. Giré de nuevo. Y otra vez. Y otra. Y ahí, mi vista se posó sobre el mismo escalón. No tenía ninguna grieta, ni mancha, ni nada que lo diferenciara de los demás pero, de alguna manera, yo sabía que era el mismo. Ya había pasado antes por allí.

Entonces levanté mi mirada de los peldaños. Me di cuenta que, desde que subía, no había dirigido mi vista hacia ningún otro sitio. En mi universo alternativo, pude ver a mi derecha una escalera flotando. Tenía cuatro esquinas, de tal manera que la escalera enlazaba consigo misma y producía un efecto insólito: quien subiera o bajara por ella no encontraría nunca su final. Escalera imposible, o escalera de Penrose, es como la llaman.

La escalera era majestuosa, construida del mármol más fino. Sus barandillas eran doradas y llenas de ornamentos. Por ella subía un hombre anciano a tres patas; quiero decir, que usaba un bastón para apoyarse. Intrigado, quise saber cuál era ese misterio y grité al hombre:

-¿Quién eres tú?

-Yo soy la memoria, la memoria histórica.

Para mi sorpresa, no fue el hombre el que respondió, sino la escalera, oyéndose su voz dentro de mi cabeza. Superada la sorpresa inicial, pregunté:

-¿Y quién es ese hombre? ¿Por qué sube y sube sin parar, pasando siempre por el mismo sitio?

-La humanidad tiene la capacidad de trazar su propio rumbo, pero cuando no es capaz de recordar su propia historia, está obligada a repetirla.

Abrumado por ese pensamiento filosófico, sobre el cual no quise entrar en discusión, miré un poco más a mi derecha y vi otra de esas extrañas escaleras infinitas, hecha de un material más común; parecía la de un bloque de pisos de uno de los barrios viejos de la ciudad. La persona que la subía, hacía un tremendo esfuerzo, pues a cada paso que daba, una anilla de hierro se unía a sus pies, de tal manera que arrastraba una cadena cada vez más larga.

-¿Y tú quién eres? –pregunté esperando recibir la contestación también en mi cabeza.

-Yo soy el pensamiento negativo. Hay quien me llama preocupación.

-¿Y por qué atormentas a ese pobre hombre?

-Este ser tiene la capacidad de salir por sí mismo de aquí. Tan solo debiera de dejar de dar vueltas al mismo pensamiento y cambiar de dirección. Entonces aparecería una nueva escalera que le llevaría a otro sitio.

-Eres cruel –contesté-. Le pones cadenas en los pies para que no pueda avanzar.

-No has visto nada –rió con sorna-. Aún no ha llegado al estado de depresión. Allí recibirá cadenas aún mayores y un grillete. Y le será más difícil encontrar un camino alternativo.

Asustado, decidí apartar mi mirada de esa siniestra escalinata y me volví hacia mi izquierda. Allí flotaba otra escalera de Penrose que, de haber tenido cara, hubiera sido un rostro maquiavélico; así la percibía. En sus peldaños, un hombre joven no subía, sino bajaba, a ratos tranquilo, a ratos frenético; y a cada momento tropezaba y se daba de trompicones contra la escalinata. Su rostro era una mezcla de alivio y desesperación. Pregunté también qué era aquello.

-Soy la adicción –respondió-. Quien por mí transita está condenado a bajar siempre las mismas escaleras, quiera o no quiera. Nadie puede escapar de mí.

-¿No puede salir de ninguna manera? –pregunté.

-Para ello tendría primero que reconocer su problema. Y después pedir ayuda. Pero la vergüenza y la desesperanza me dan fuerzas para mantenerlo retenido. ¡Es mío!

Y soltó una escalofriante carcajada. Miré una vez más y vi otra escalera imposible, esta vez hecha de papel. Me hizo gracia, porque por ella subía un hombre regordete y no sabía cómo podía soportar su peso.

-Soy la creatividad –me dijo-. Este pobre guionista se ha quedado atrapado en un fragmento de su historia y no sabe cómo hacerla avanzar. Pero si tan solo me arrugara, me tirara y comenzara de nuevo, encontraría una nueva versión que revitalizaría la historia. Pero el miedo a perder lo que ya ha hecho, no le permite volver atrás, aunque sepa que tiene que cambiarlo.

Habían más escaleras de esas flotando por el espacio, de las más variadas formas y con los más variopintos personajes subiendo o bajando por ellas. Una de ellas me preguntó a mí, porque escuché su voz que decía dentro de mi cabeza:

-¿Y tú quién eres? ¿Por qué subes esa escalera sin parar, pasando siempre por el mismo escalón?

Sabía la respuesta. Pero en el momento en que iba a contestar, escuché un lejano pitido intermitente, como de un despertador. La misma voz volvió a resonar en mi cabeza, diciendo:

-Tenemos que irnos.

Entonces el conformista despertó y decidió cambiar de rumbo para comenzar a perseguir sus propios sueños ya olvidados. El que estaba atrapado en su mentira despertó y confesó la verdad que le hizo libre de seguir fingiendo. El inventor despertó y activó su cerebro para descubrir una nueva tecnología que mejorara lo que otros decían que era inmejorable. La mujer abusada despertó y tomó la conciencia de que algo debía hacer para salir de la prisión a la que la tenía sometida su maltratador. El niño despertó y descubrió que podía conseguir aquellas cosas que unos padres insensibles le habían dicho que jamás lograría alcanzar.

Desperté. Era sábado, casi las diez de la mañana. Me sentía agotado. Mi mujer y los niños ya se habían levantado. Había sido una semana muy dura en el trabajo, con mucha presión y agobiante rutina. Miré a mi alrededor. Desde mi lugar podía ver el mismo suelo que barrer, la misma ropa que doblar, los mismos muebles que limpiar… Me levanté y dije a mi esposa:

-Querida, ¿por qué no salimos a pasear? Comamos fuera. No importa dónde.

-Pero, ¿y el dinero? –respondió-. Ya sabes cómo vamos.

-Solo por un día. ¿Hace cuánto tiempo que no tomamos vacaciones? No hace falta ir a un sitio caro. Llevemos comida de aquí si es necesario. ¿Acaso no necesitas tú también un descanso? ¿Acaso los niños no merecen hacer algo distinto de vez en cuando?

Y al momento hicimos los preparativos, metimos a los niños en el coche y salimos zumbando, sin una dirección determinada. Conduje con el único propósito de alejarme, aunque solo fuera un día, de mi escalera de Penrose.

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