Juan Sauce Otro blog en Desafíos Literarios

22 enero, 2017

El señor conductor no se ríe, por Juanjo Ferrer

Filed under: Compañeros de letras — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 9:52 am

Hoy quiero continuar con la sección en que presento a mis compañeros de letras en la  web desafiosliterarios.com. Recupero en esta ocasión a alguien que hace ya un tiempo que ha dejado de subir relatos a la página, pero que a mí siempre me ha sorprendido muy gratamente. Comparto con él mi interés por la fantasía y la ciencia ficción (¡y también el dibujo!) y son de esta temática los originales textos con los que Juanjo Ferrer me ha hecho disfrutar hasta ahora.

Mi favorito se titula “De lo mío con la hija muda del Señor Sapo”, una historia narrada en nueve episodios que podéis encontrar en la sección “series” de la página de desafíos. Para esta ocasión he traído un relato que muestra muy bien el buen ritmo narrativo que Juanjo sabe dar a sus historias. ¡Que no os asuste el que suela escribir relatos bastante largos porque todos ellos valen la pena!

Comprobadlo vosotros mismos y disfrutad.

El señor conductor no se ríe

Valentino era conductor de autobuses. Era un tipo serio. Siempre le cantaban “El señor conductor no se ríe” y aunque no se reía por fuera, siempre se reía por dentro, excepto aquel día.

Ese día su compañero se había puesto enfermo y le tocó a él llevar a una clase de EGB a una casa de colonias. Memorizó la ruta y se subió al autocar que le habían asignado y puesto a punto. Llegó puntual al colegio. Eran niñas y niños de ocho o nueve años: chiquitajos, grandullones, despistados o avispados. Todos sonrientes por la ilusión del viaje. Se alegraba cada vez que algún alumno le recordaba a alguno de sus nietos, pero como era un tipo serio, su sonrisa interior no solía salir al exterior.

De un vistazo vio que no iban a caber y así fue. Las profesoras decidieron que en varias plazas dobles irían tres, y que en la última fila, que era de cinco, podían sentarse siete (eran los años 80). Usaron el asiento del copiloto como castigo para un chaval que debía estar tocando las narices muy por encima de la media: era bastante normal. La algarabía inicial fue disminuyendo a medida que se alejaban del colegio, pero sin llegar a desaparecer.

Al salir de la ciudad, muchos ya se habían percatado de que el conductor era un tipo muy serio y consideraron que era imprescindible cantarle la canción:

«El señor conductor no se ríe, no se ríe».

Esa era la letra íntegra de la canción. Las profesoras, sin excesivo ímpetu, pedían a la chavalería que no la cantaran. Por supuesto, la cantaron hasta que se cansaron.

—¿Estás enfadado? — Le preguntó el chaval que estaba castigado a su lado.

—Claro que no, hijo. —Respondió Valentino— ¿Parezco enfadado?

—Sí, tienes cara de enfadado todo el rato.

Valentino, sin apartar la vista de la carretera y con cierto esfuerzo, esbozó media sonrisa para que el niño no le tuviera miedo.

Ya andaban subiendo una pendiente muy pronunciada y sinuosa. El cuentarrevoluciones bailando en la parte alta y el uso repetido de la palanca de cambio daban buena cuenta de ello. Hacía mucho calor y eran muchos kilómetros de ascenso.

—¿Cuál es la velocidad super máxima de este autobús? —Le interrogó el chaval.

—Noventa o cien. —Contestó bajando de marcha para encarar la bajada del puerto.

—¡Fua, qué poco! —Exclamó, decepcionado el chaval.

—Bueno, no hace falta más. —dijo Valentino al tiempo que pisaba suavemente el pedal del freno.

Llegaron a un tramo muy largo de descenso.

Se le heló la espalda y la frente al notar que los frenos no respondían en pleno descenso del puerto. Ni pisando a fondo hacían el más mínimo amago de contener esa mole llena de niños. Imploró a Dios que fuera una pesadilla.

—¡Mi padre tiene un coche que puede ir por todas partes! —Gritó orgulloso el chaval— ¡Hasta por un volcán!

Cuando aceptó que no era una pesadilla embragó para reducir de marcha. Era tan grande la pendiente que antes de que entrara la marcha, el bus ganó velocidad. Por suerte, la marcha entró y retuvo algo el vehículo.

—Vuelves a estar serio. —Indicó el chiquillo.

Intentó reducir otra velocidad, pero no entraba de ninguna manera y estaban ganando velocidad por tener pisado el embrague. Además, si acababa rompiendo la caja de cambios por forzarla, el coche quedaría sin tracción y volcarían en la primera curva, que llegaba ya.

Los del fondo empezaron a cantar otra vez “El señor conductor no se ríe” y pronto se contagió a todos los demás.

Se acercaba la curva. Si la superaba, llegaba un tramo de menos pendiente en el que podría reducir. «¡No puedo no superarla, Dios mío, que llevo a sesenta chiquillos!»

—¡La superaremos! —dijo el niño.

—¿Qué has dicho?—aquella pregunta le sorprendió e hizo que se diera cuenta de que el niño le estaba hablando.

—¡Que vamos a superar la velocidad super máxima!

Cuando volvió a concentrarse en la maniobra ya estaba en plena curva, las ruedas chirriaron y la fuerza centrífuga empujó a todos hacia el lado contrario de la curva. Lejos de asustarse, les resultó gracioso inclinarse todos al tiempo. Tras varias carcajadas, siguieron cantando la canción más fuerte todavía.

Superaron la curva. Pisó el embrague y empujó con fuerza la palanca. La caja de cambios rascó tanto que las profesoras se asustaron. Por suerte, la marcha entró sin romperse. No fue suficiente para detener el bus y quedaba aún mucho tramo de descenso.

Aunque iba a entrar en la siguiente curva con algo menos de velocidad, tuvo que controlar el terror que sintió al ver que había un cortado en su exterior. «Dios mío, llévame a mí, pero deja a los chiquillos».

—¿Qué es mejor, un autobús o un coche? —le preguntó el niño, mientras todos cantaban.

Intentó bajar otra marcha para entrar a menos velocidad en la curva, pero no pudo, así que se abrió todo lo que pudo para encararla bien.

—Mi padre dice que ninguno es mejor que otro, que cada uno hace su función. —Se respondió el chico— ¿Qué quiere decir eso, Valentino?

Al oír su nombre se dio cuenta de que el chiquillo seguía hablándole y quiso responderle para que no se asustara. Cuando abrió la boca para contestar, entró fuerte en la curva y todo el niñerío se inclinó al lado contrario. Volvió a resultarles gracioso y cantaron más fuerte y más rápido. Curva superada. Al salir de ella redujo otra marcha provocando otro gran estruendo en la caja de cambios.

—¿Te han multado por correr alguna vez? —Preguntó el niño.

Cada vez cantaban más fuerte “el señor conductor no se ríe” y el autobús ganaba velocidad al entrar en un tramo con más pendiente que el anterior. El motor rugía al intentar retener el descenso y la aguja bailaba en la parte roja del cuentarrevoluciones. Llegaban al siguiente giro. Era demasiado cerrado para la velocidad que llevaban, iban a volcar.

—Si te ponen una multa, me avisas, que mi padre es juez.

No serviría de nada avisar del inminente vuelco a los pasajeros porque no había cinturones de seguridad y sólo serviría para hacerles sufrir. Valentino sintió tristeza por los chiquillos y sus familias, y se acordó de la suya propia.

—¡Otra vez estás serio!

Veía cómo se acercaba la curva fatal.

«Dios mío, que no sufran».

—¡Cómo puedes estar enfadado si te ha elegido para conducir un autobús tan chuli!

Las palabras del chiquillo le infundieron coraje y empleó todos sus sentidos para colocar el bus en la posición que tuviera menos probabilidades de volcar y caer al vacío.

—¡Será que confían en ti!

Valentino miró al niño, esbozó media sonrisa, volvió la vista a la carretera y giró el volante los grados precisos. Ni uno más ni uno menos. Las ruedas exteriores chirriaron como cien caballos relinchando al tiempo y la interiores se levantaron medio metro del suelo. Se hizo el silencio. El gigante autobús se debatió, durante unos segundo eternos, entre volcar o vivir.

Las ruedas volvieron a tocar el suelo dando un golpe tremendo. Todos se asustaron y muchos lloraron. Las profesoras se habían quedado pálidas. Aprovechó, Valentino, la salida de la curva para reducir. La pendiente ya no era tan pronunciada y combinando la palanca de cambio y el freno de mano, logró detener el autobús por completo. Lo había logrado.

«Gracias, Dios mío».

Cuando fue a ver si el chaval estaba asustado, no lo vio. Lo buscó por todo el bus y no lo encontró. Las profesoras, extrañadas, le dijeron que no habían sentado a nadie en el sitio del copiloto. Le dieron las gracias por su proeza y los niños le cantaron “el señor conductor no se ríe”.

18 septiembre, 2016

Las vacaciones, Por Mati

Filed under: Compañeros de letras — Juan Sauce @ 8:24 pm

Deseo comenzar una nueva sección en la que presentar relatos de otros autores, compañeros de letras, que también escriben en desafiosliterarios.com y de los cuales he aprendido y aprendo mucho. Mi intención es presentar una historia de diferente autor de tanto en tanto.

Y para empezar, quiero hacerlo con la persona que me ha metido en este lío: Mati, una mujer valiente, un alma solidaria y un corazón maravilloso como comrobaréis si leéis sus escritos. Hacedlo, vale la pena. Clickeando en su nombre podréis leer más relatos suyos. Sin más preámbulos, Las vacaciones, de Mati Sanchis.

 

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Las vacaciones

Quería pasar las vacaciones de mi vida, las más grandiosas y estupendas, de esas con las que luego pudiera disfrutar a tope contándoselas a mis amigotes y alardear de mis hazañas. Anhelaba viajar a un lugar exótico y ligar con los pivones más exuberantes del país, tener noches  apasionadas, ardientes, y fanfarronear con mis colegas de todas mis conquistas de playboy irresistible. Siempre tuve curiosidad por experimentar un turismo diferente con ingredientes solo aptos para adultos. No recuerdo de quien recibí la información sobre estos viajes y esas experiencias únicas que quizá solo se ofrezcan una vez en la vida. Pero esa idea se coló en mi mente con una fuerza brutal y empecé a obsesionarme con ella. Pasaba las noches en vela imaginando como sería el momento. Subir al avión, sonreír a las azafatas, beber durante el vuelo como antesala de lo porvenir, coger el taxi que me llevara al lujoso hotel, flirtear con las recepcionistas… un sinfín de imágenes llenaban mi mente y me robaban el descanso nocturno. Llegué a soñar despierto con cada detalle, desde el sabor de la comida del restaurante del aeropuerto, hasta el olor del cabello de mi deseada o el color de sus ojos y la suavidad de su piel. Mi mente se enajenó con el deseo de encontrar a la mejor profesional que me hiciera el tío más feliz de la tierra.  La sorpresa llegó en mi cumpleaños cuando al final del día, en el momento en el que pensé que nadie se había acordado de mí, justo a punto de expirar la jornada, aparecieron mis compañeros de correrías, y junto con una botella de cava, abierta, y faltando la mitad del contenido, me hicieron entrega de mi regalo. Era un sobre cuidadosamente cerrado y recubierto de felicitaciones de mis colegas. Mis amigos, que son algo sueltos de lengua y unos burros de mucho “cuidao”, lo habían llenado de inscripciones que no voy a repetir porque parecían los escritos de la puerta de un váter de gasolinera. No tenía muchas expectativas en cuanto al contenido del sobre, y más conociendo a aquella pandilla de descerebrados que llevaban unas copas de más, pero me hice el interesante abriéndolo con pompa y parsimonia. Aluciné pepinillos al descubrir lo que encerraba aquella carta cubierta de vulgaridades y dibujos groseros. Era el boleto para el viaje de mis sueños, ese que os contaba de turismo sexual, y un subidón de adrenalina me hizo abrazar a la peña, cosa que nunca hacía porque el contacto con otros tíos no es mi preferencia. Conseguí disimular una lagrimilla que amenazaba con escaparse y salvé el tipo de tío duro. El viaje estaba programado para la siguiente semana, cosa que me daba tiempo de hacer los preparativos necesarios. Después de comprar lo preciso, de dejar instrucciones para que me cuidaran el perro y recogieran mi correo, me dirigí a mi destino: Tailandia.

Mi llegada a Bangkok estuvo marcada por los contrastes y el desconcierto. Allí convivía el lujo obsceno con la miseria encarnizada. Yo no quería apartarme de mi propósito y cerraba mis ojos a muchas aberraciones que comencé a ver. Con la fijación de mis objetivos muy claros, fui a la caza de mi princesita de la calle. Sin darme demasiada cuenta mis emociones estaban cambiando, mi gran excitación de depredador se estaba mermando sin saber demasiado a qué se debía, o quizá si sabía. La visión de niñas semi desnudas, disfrazadas de mujeres adultas, burdamente maquilladas para parecer más mayores y atractivas no me resultó atrayente. Caminé buscando a la elegida, mirando el espectáculo de caritas suplicantes, que no descifraba bien qué suplicaban. Hasta que la encontré a ella, no era la más bonita, ni la más alta ni llamativa, pero para mis ojos fue la más tierna y vulnerable. Un extraño estremecimiento recorrió mi cuerpo. La compré. En la intimidad de aquella sala mientras ella se despojaba de sus escasas ropas me contaba su historia: Mi nombre es Sophie y soy una víctima de la trata de personas. Rescátame.

 

esclavitud XXI

“Las estadísticas nos hablan de que más del 80% de las prostitutas están siendo víctimas de la trata de personas”.

“Si no hubiera demanda no existiría este tráfico, no consumas, no participes en el tráfico de personas”.

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