Juan Sauce Otro blog en Desafíos Literarios

15 octubre, 2017

¡Por los hobbits!

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , — Juan Sauce @ 9:26 pm

 

Desperté antes de que cantara el gallo. Mi cuerpo está acostumbrado a anticiparse al alba en la víspera de una batalla. Puedo percibir el silencio, interrumpido únicamente por el sonido de mi respiración y algún grajo matutino que gorjea fuera de la tienda. Mis músculos permanecen relajados y mi corazón ya no late con el ímpetu de antaño, cuando aún me sentía niño para enfrentar estos embates. Más bien, estoy curtido en el manejo de la espada y la tensión del arco, experimentado en repeler emboscadas y frenar ataques, acostumbrado al ruido de los caballos y el grito de los jinetes. No es miedo lo que deambula por mi cabeza. Ni trolls, ni orcos me harían retroceder ante mi cometido. Sin embargo, una vez más, mi pensamiento me perturba.

Canta el gallo. Lo hago callar con el hastío acostumbrado, pero el animal ha conseguido su objetivo. Al poco rato, la calma del campamento se ha transformado en bullicio. Mientras borbotean las calderas para lo que será un frugal desayuno, tengo tiempo de ceñirme la cota de malla y calzarme las botas de cuero que protegerán los pies que han de arrastrarme a mi destino. Es entonces cuando echo un vistazo para observar a mi amada. Su elegancia natural y su belleza intrínseca hace tiempo que me eran desapercibidas. Venida directamente del país de los elfos, mantiene su mirada perdida en un pensamiento que resulta misterioso para mí. Sus gestos y sus palabras, aparentemente indiferentes, no consiguen engañarme; sé que el ardor de su pecho, que una vez encendió nuestra llama, continúa vivo y vela por revitalizarse de nuevo en los momentos más inesperados. Ella sabe a dónde me dirijo, pero tampoco tiene miedo. Sabe que adonde voy no habrá mago gris, ni blanco, que luche por nosotros. Que todo dependerá de la destreza de nuestras armas y nuestra astucia en el combate cuerpo a cuerpo.

No, no es miedo lo que me retiene. No me asusta el vibrar de los metales resonando a mi costado. Ni la terrible y continua presencia del Gran Ojo que escudriña con su fría mirada cuanto se mueve dentro de su territorio, a cualquiera que ose penetrar en sus dominios. Pero me pregunto cuánto durará todo esto y por qué he de verme involucrado una vez más en una guerra que siento que no me pertenece.

Giro, entonces, de nuevo mi rostro. Allí, en un rincón, están las dos criaturas más extrañas de Tierra Media. De tamaño menudo y corazón grande, apenas levantan unos palmos del suelo pero arman todo un alboroto con sus enormes y peludos pies. Los hobbits, cuya ingenuidad e inconsciencia me desconciertan. Ajenos a toda batalla y a las preocupaciones que inquietan a los hijos de los hombres, llaman mi atención con su lenguaje extraño y su entusiasmo manifiesto. Observo que ambos sostienen en sus manos sendos objetos que chocan uno contra el otro. Como si estuvieran batiéndose en duelo, blandiendo sus espadas, aunque únicamente se trata de tubos de cartón. Orgulloso, me acerco a ellos:

— ¿Os estáis preparando para la batalla?

— Son nuestros sables de luz. El mío es rojo y el suyo es azul. ¡Juega con nosotros!

— ¡Muy bien, mis pequeños padawans! ¡Os voy a enseñar cómo pelea un maestro jedi!

— ¡No! ¡Tú eres del Lado Oscuro!

Me sorprende su prodigiosa imaginación, cómo son capaces de olvidar por momentos su entorno y crear un mundo hecho a su medida donde ellos encajan a la perfección. ¡Cómo envidio su capacidad de abstracción en un mundo competitivo y cruel, donde uno tiene que buscar continuamente fórmulas para resistir mentalmente a la abrasadora rutina de cada día! Y plantearse, además, una razón, una motivación trascendente para dar sentido a tantas horas de nuestra vida que son invertidas en aquello que no nos resulta ni agradable ni atrayente…

— Ahora no puedo —respondo—. Tengo que ir al trabajo. ¿Habéis visto mis llaves…?

Hallo, junto a la entrada de la tienda, la brida y las correas de mi cabalgadura. Ya en el umbral, echo un último vistazo a mi alrededor y vuelvo a preguntarme el porqué de mi desdicha y de mi sino. Pero también observo a los hobbits; ¿qué sería de ellos, y de su mundo, si yo no me enfrentara a mi destino? Sí; puede ser que todo el mundo necesite una razón para acometer su lucha. Yo la tengo delante de mis ojos. Lo haré una vez más. ¡Por los hobbits!

 

 

6 octubre, 2017

La primera corriente submarina

Filed under: Relatos — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 8:27 pm

 

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Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Formó las nubes y los mares. Hizo los continentes con sus montañas y sus valles, recreándose en paisajes tan diversos como desiertos y praderas, selvas tropicales, bosques y sabanas, manglares misteriosos y gélidos glaciares. No contento con eso, puso a brillar en el cielo al astro sol para que alumbrara durante el día; y concedió a la noche la belleza de la luna y el encanto de las estrellas. Todo estaba tranquilo y sereno. No había nada que alterara el orden en el que todo estaba establecido. La quietud y la calma venían a ser distintivos que caracterizaban la armonía del planeta.

Entonces decidió crear el primer organismo vivo. No era exactamente un pez, aunque sí una partícula marina; podríamos decir que era como un protozoo, un animal minúsculo, simple, unicelular, insignificante; nada comparado con la enormidad y grandeza de quien lo creaba. Aún así, lo formó con ahínco, con interés y con pasión. Lo formó con una complejidad inimaginable para algo de tan minúsculo tamaño. Delicadamente lo tomó con sus manos y lo depositó en el agua. Su sola existencia en el elemento líquido supuso ya una diferencia: siguiendo el principio de Arquímedes, este cuerpo sumergido en el agua provocó una subida del nivel del mar. Quizá fuera imperceptible; si otros ojos hubieran estado allí, seguro que no se habrían dado cuenta. Pero su escaso volumen ocupaba un espacio y las partículas de agua no tuvieron más remedio que apartarse y dejarle paso.

El cambio pareció agradar al Creador. Así que dotó a la criatura de microscópicos mecanismos que le permitieran desplazarse: unos filamentos muy finos, casi invisibles, pero suficientes para empujar su cuerpo. El ser, ante la quietud y sosiego que gobernaba en derredor suyo, sintió la tentación de acompañar la calma quedándose en un estado de inamovilidad; mas, a pesar de sus dudas, decidió moverse. Con aquellos cilios que le había otorgado el Hacedor, impulsó su pequeño cuerpo en una determinada dirección. Con su acto, empujó los átomos de hidrógeno, provocando que estos empujaran a otros átomos, y así sucesivamente. No sabría si llamarlo “efecto dominó”, pero el resultado fue que se produjo en el fondo de los mares la primera corriente submarina.

Esta corriente, en su periplo por las profundidades del océano, empujó también las partículas de agua hacia la superficie, componiendo entre ellas lo que se convirtió en la primera ola. La ola, al moverse en la parte exterior de las aguas, apartó las partículas del aire, y de esta manera surgió el primer viento. El viento y la ola, desplazándose cada uno por su medio, chocaron con el continente, haciendo de ello la primera erosión.

Ambos volvieron atrás, rebotando con la tierra firme. Los átomos siguieron empujándose unos a otros, los vientos se hicieron más fuertes, las olas se multiplicaron, las corrientes siguieron su curso… Fue entonces que Dios vio que el mundo era apto para la creación de vida. Era el momento para dar lugar a los peces, las aves, los insectos, los reptiles, los anfibios, los crustáceos, los moluscos y los mamíferos en un planeta que fluía movimiento y vitalidad. Así se llenó el planeta de vida.

Realmente no sé si fue así como ocurrió; por supuesto, no estuve allí. Pero sí sé que cuando tú y yo llegamos se produjo una diferencia en este mundo. Se nos ha dotado, además, de cierta capacidad de movimiento. Movimiento que, estoy seguro, producirá algo; no importa lo insignificante que al principio parezca. La tentación a quedarse quieto es grande. El mundo impone. Pero vence esa tentación y crea, forma, haz, compite, escribe, compón, dibuja, cincela, canta, toca, investiga, estudia, descubre, actúa, enseña, esculpe, ayuda, corta, pega, fotografía, lidera, golpea, diseña, explora, guía, juega, corre, salta, filma, pinta, inventa, investiga, recita, pon en marcha los mecanismos intrínsecos que hay en ti. Nunca sabes hasta dónde puede llegar tu acción, cuánto puede influir tu talento, cómo puede cambiar nuestro entorno.

Por muy pequeño que te veas, no te menosprecies. Por mucho que te tiente el no hacer nada, no te quedes quieto.

Muévete.

 

 

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