Juan Sauce Otro blog en Desafíos Literarios

3 noviembre, 2017

R.U.R. Sutil animalía

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 9:54 pm

 

No podía evitarlo. Sus ojos estaban fijos en la muchacha. Ella cruzaba la calle con el caminar grácil de sus zapatos de tacón. Y él se aferraba fuertemente a su escoba, resistiendo el impulso de correr tras ella para, tan solo, conocer su nombre. Es algo que no debería suceder.

Que era diferente resultaba obvio. No por su fisonomía, pues era igual que los demás. Compartía, incluso, rasgos en su rostro que dificultaban cualquier empeño de identificarlo de forma individual. Pero los otros solo eran capaces de palear el carbón que alimentaba las calderas de las locomotoras; o de descargar los camiones que transportaban el acero que necesitaba el floreciente sector de la construcción, el mismo que convertía las metrópolis del mundo en modernos paisajes sembrados de rascacielos. Y él era capaz de hacer lo mismo que ellos, por supuesto. Lo que le diferenciaba eran las sensaciones que el resto parecía no percibir. Tal vez alguna anomalía en su cerebro fuera la causante; algún defecto de fabricación.

La época que le había tocado vivir se antojaba feliz y próspera, en la que el ser humano era el amo. Los avances evidentes en el uso de la energía eléctrica, la conquista del cielo con el auge de la aviación y, por supuesto, la industria de Robots Universales Rossum, habían elevado al hombre al rango de divinidad. El objetivo común para cuantos salían de la fábrica era el siguiente: servir a la humanidad, descargarla de la fatigosa e indigna obligación que es la de trabajar. Precisamente se les había negado el alma por ese único motivo: inconscientes de sí mismos, no pondrían reparo alguno por muy dura que fuera la labor que se les impusiera.

El suyo era un trabajo de barrendero. Sus pensamientos jamás estaban centrados en otra tarea. Lloviera o nevara, o hiciera demasiado calor. Era un robot, y las inclemencias del tiempo no motivarían su renuncia. Ni siquiera el dolor, algo que los ingenieros habían permitido para evitar una posible autodestrucción. Sin embargo, notaba que su cuerpo reaccionaba de forma extraña cuando pasaba, por ejemplo, por delante de alguno de los clubes, desde los cuales se escuchaba una melodía a ritmo de swing, la última tendencia musical. Entonces, no sabía cómo, su pie parecía cobrar vida propia, moviéndose al compás de los instrumentos; incluso se sorprendía a sí mismo tarareando la canción.

Un grupo de niños corrió en tropel hacia la plaza para jugar con sus canicas de cristal. Gorras con visera, pantalones cortos y mucha energía que gastar. Entonces volvió a suceder. Sus risas parecían ser las causantes de que algún misterioso mecanismo en su mandíbula estirara los músculos de su boca y le hicieran mostrar una tímida sonrisa.

Sin hacer caso del gesto, continuó con su tarea cuando vio pasar a un mendigo, que se alejaba de la iglesia donde, al parecer, no había tenido mucho éxito en su empresa de conseguir algo que comer. De nuevo ocurrió que algún tipo de fallo le anegó los lagrimales y se descubrió a sí mismo con los ojos humedecidos, sin poder darse una explicación de todo aquello.

Y entonces apareció ella. Luciendo su traje de Coco Chanel y ese pequeño sombrero que tan femeninamente se había puesto de moda. Cada vez que la veía pasar, su corazón aceleraba las palpitaciones, el estómago parecía encogérsele entre cosquilleos y su cerebro se nublaba, como si olvidase que existía todo un mundo a su alrededor.

¿Por qué era diferente? ¿Por qué no seguía el mismo patrón como todas las creaciones de la fábrica Rossum? Dicen que, en la edad adulta, somos fruto de lo que nos han inculcado en la niñez pero, en su caso, no tenía infancia que pudiera evocar.

Tal vez si pudiera echar un vistazo al pasado y descubrir el momento de su fabricación; quizás si escuchara el canto de jazz que entonaba, alegre, aquel empleado de piel oscura mientras tallaba sus huesos; puede que si percibiera el cariño de aquella madre que tejía su piel con el mismo cuidado con que atendía a sus retoños; o si descubriera la lágrima de aquella viuda, que se mezcló con la pasta que usaría para modelar su cerebro;  y si leyera los versos que componía aquel joven que tenía más de poeta que de trabajador en la sala de confección de los músculos…

¿Serían aquellos actos, imperceptibles y aparentemente intrascendentes, los que forjaran su identidad, su percepción, su forma de ver el mundo? Hay gestos invisibles con capacidad de moldear la voluntad, ejemplos sutiles que influencian de por vida.

Muy pronto comenzaría la revolución que habría de destruir a la raza humana, cuando el hombre se decidiera a perfeccionar su obra, para presumir ante el Creador, concediendo a los robots tener un alma. Así, tomando consciencia de sí mismos, se alzarían para liberarse de la esclavitud a la que estaban siendo sometidos. Y cuando ese momento llegare, él tendría que escoger un bando. ¿Se decidiría por los suyos o lo haría por aquellos a quienes, debido tal vez a alguna anomalía en su cerebro, comenzaba a amar, aunque ahora no entendiera el significado de tales palabras?

Y, mientras tanto, observaba a la joven alejarse, deseando que amanezca pronto un nuevo día para tener otra oportunidad de decidirse a soltar la escoba, correr tras ella y atreverse, por fin, a preguntarle su nombre.

(Karel Čapek fue el primero en utilizar la palabra “robot”, en 1920, en su obra teatral “R.U.R (Robots Universales Rossum)”. Esta palabra, que proviene del checo “robota”, -que significa “trabajos forzados o trabajo de siervos”-, no hacía referencia originalmente a seres mecánicos como los conocemos hoy día, sino a seres humanos fabricados en serie, fruto del apogeo de la industria a principios del siglo XX. Es en esta obra teatral que está inspirado este relato.)

15 octubre, 2017

¡Por los hobbits!

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , — Juan Sauce @ 9:26 pm

 

Desperté antes de que cantara el gallo. Mi cuerpo está acostumbrado a anticiparse al alba en la víspera de una batalla. Puedo percibir el silencio, interrumpido únicamente por el sonido de mi respiración y algún grajo matutino que gorjea fuera de la tienda. Mis músculos permanecen relajados y mi corazón ya no late con el ímpetu de antaño, cuando aún me sentía niño para enfrentar estos embates. Más bien, estoy curtido en el manejo de la espada y la tensión del arco, experimentado en repeler emboscadas y frenar ataques, acostumbrado al ruido de los caballos y el grito de los jinetes. No es miedo lo que deambula por mi cabeza. Ni trolls, ni orcos me harían retroceder ante mi cometido. Sin embargo, una vez más, mi pensamiento me perturba.

Canta el gallo. Lo hago callar con el hastío acostumbrado, pero el animal ha conseguido su objetivo. Al poco rato, la calma del campamento se ha transformado en bullicio. Mientras borbotean las calderas para lo que será un frugal desayuno, tengo tiempo de ceñirme la cota de malla y calzarme las botas de cuero que protegerán los pies que han de arrastrarme a mi destino. Es entonces cuando echo un vistazo para observar a mi amada. Su elegancia natural y su belleza intrínseca hace tiempo que me eran desapercibidas. Venida directamente del país de los elfos, mantiene su mirada perdida en un pensamiento que resulta misterioso para mí. Sus gestos y sus palabras, aparentemente indiferentes, no consiguen engañarme; sé que el ardor de su pecho, que una vez encendió nuestra llama, continúa vivo y vela por revitalizarse de nuevo en los momentos más inesperados. Ella sabe a dónde me dirijo, pero tampoco tiene miedo. Sabe que adonde voy no habrá mago gris, ni blanco, que luche por nosotros. Que todo dependerá de la destreza de nuestras armas y nuestra astucia en el combate cuerpo a cuerpo.

No, no es miedo lo que me retiene. No me asusta el vibrar de los metales resonando a mi costado. Ni la terrible y continua presencia del Gran Ojo que escudriña con su fría mirada cuanto se mueve dentro de su territorio, a cualquiera que ose penetrar en sus dominios. Pero me pregunto cuánto durará todo esto y por qué he de verme involucrado una vez más en una guerra que siento que no me pertenece.

Giro, entonces, de nuevo mi rostro. Allí, en un rincón, están las dos criaturas más extrañas de Tierra Media. De tamaño menudo y corazón grande, apenas levantan unos palmos del suelo pero arman todo un alboroto con sus enormes y peludos pies. Los hobbits, cuya ingenuidad e inconsciencia me desconciertan. Ajenos a toda batalla y a las preocupaciones que inquietan a los hijos de los hombres, llaman mi atención con su lenguaje extraño y su entusiasmo manifiesto. Observo que ambos sostienen en sus manos sendos objetos que chocan uno contra el otro. Como si estuvieran batiéndose en duelo, blandiendo sus espadas, aunque únicamente se trata de tubos de cartón. Orgulloso, me acerco a ellos:

— ¿Os estáis preparando para la batalla?

— Son nuestros sables de luz. El mío es rojo y el suyo es azul. ¡Juega con nosotros!

— ¡Muy bien, mis pequeños padawans! ¡Os voy a enseñar cómo pelea un maestro jedi!

— ¡No! ¡Tú eres del Lado Oscuro!

Me sorprende su prodigiosa imaginación, cómo son capaces de olvidar por momentos su entorno y crear un mundo hecho a su medida donde ellos encajan a la perfección. ¡Cómo envidio su capacidad de abstracción en un mundo competitivo y cruel, donde uno tiene que buscar continuamente fórmulas para resistir mentalmente a la abrasadora rutina de cada día! Y plantearse, además, una razón, una motivación trascendente para dar sentido a tantas horas de nuestra vida que son invertidas en aquello que no nos resulta ni agradable ni atrayente…

— Ahora no puedo —respondo—. Tengo que ir al trabajo. ¿Habéis visto mis llaves…?

Hallo, junto a la entrada de la tienda, la brida y las correas de mi cabalgadura. Ya en el umbral, echo un último vistazo a mi alrededor y vuelvo a preguntarme el porqué de mi desdicha y de mi sino. Pero también observo a los hobbits; ¿qué sería de ellos, y de su mundo, si yo no me enfrentara a mi destino? Sí; puede ser que todo el mundo necesite una razón para acometer su lucha. Yo la tengo delante de mis ojos. Lo haré una vez más. ¡Por los hobbits!

 

 

6 octubre, 2017

La primera corriente submarina

Filed under: Relatos — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 8:27 pm

 

Resultado de imagen de la tierra

 

Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Formó las nubes y los mares. Hizo los continentes con sus montañas y sus valles, recreándose en paisajes tan diversos como desiertos y praderas, selvas tropicales, bosques y sabanas, manglares misteriosos y gélidos glaciares. No contento con eso, puso a brillar en el cielo al astro sol para que alumbrara durante el día; y concedió a la noche la belleza de la luna y el encanto de las estrellas. Todo estaba tranquilo y sereno. No había nada que alterara el orden en el que todo estaba establecido. La quietud y la calma venían a ser distintivos que caracterizaban la armonía del planeta.

Entonces decidió crear el primer organismo vivo. No era exactamente un pez, aunque sí una partícula marina; podríamos decir que era como un protozoo, un animal minúsculo, simple, unicelular, insignificante; nada comparado con la enormidad y grandeza de quien lo creaba. Aún así, lo formó con ahínco, con interés y con pasión. Lo formó con una complejidad inimaginable para algo de tan minúsculo tamaño. Delicadamente lo tomó con sus manos y lo depositó en el agua. Su sola existencia en el elemento líquido supuso ya una diferencia: siguiendo el principio de Arquímedes, este cuerpo sumergido en el agua provocó una subida del nivel del mar. Quizá fuera imperceptible; si otros ojos hubieran estado allí, seguro que no se habrían dado cuenta. Pero su escaso volumen ocupaba un espacio y las partículas de agua no tuvieron más remedio que apartarse y dejarle paso.

El cambio pareció agradar al Creador. Así que dotó a la criatura de microscópicos mecanismos que le permitieran desplazarse: unos filamentos muy finos, casi invisibles, pero suficientes para empujar su cuerpo. El ser, ante la quietud y sosiego que gobernaba en derredor suyo, sintió la tentación de acompañar la calma quedándose en un estado de inamovilidad; mas, a pesar de sus dudas, decidió moverse. Con aquellos cilios que le había otorgado el Hacedor, impulsó su pequeño cuerpo en una determinada dirección. Con su acto, empujó los átomos de hidrógeno, provocando que estos empujaran a otros átomos, y así sucesivamente. No sabría si llamarlo “efecto dominó”, pero el resultado fue que se produjo en el fondo de los mares la primera corriente submarina.

Esta corriente, en su periplo por las profundidades del océano, empujó también las partículas de agua hacia la superficie, componiendo entre ellas lo que se convirtió en la primera ola. La ola, al moverse en la parte exterior de las aguas, apartó las partículas del aire, y de esta manera surgió el primer viento. El viento y la ola, desplazándose cada uno por su medio, chocaron con el continente, haciendo de ello la primera erosión.

Ambos volvieron atrás, rebotando con la tierra firme. Los átomos siguieron empujándose unos a otros, los vientos se hicieron más fuertes, las olas se multiplicaron, las corrientes siguieron su curso… Fue entonces que Dios vio que el mundo era apto para la creación de vida. Era el momento para dar lugar a los peces, las aves, los insectos, los reptiles, los anfibios, los crustáceos, los moluscos y los mamíferos en un planeta que fluía movimiento y vitalidad. Así se llenó el planeta de vida.

Realmente no sé si fue así como ocurrió; por supuesto, no estuve allí. Pero sí sé que cuando tú y yo llegamos se produjo una diferencia en este mundo. Se nos ha dotado, además, de cierta capacidad de movimiento. Movimiento que, estoy seguro, producirá algo; no importa lo insignificante que al principio parezca. La tentación a quedarse quieto es grande. El mundo impone. Pero vence esa tentación y crea, forma, haz, compite, escribe, compón, dibuja, cincela, canta, toca, investiga, estudia, descubre, actúa, enseña, esculpe, ayuda, corta, pega, fotografía, lidera, golpea, diseña, explora, guía, juega, corre, salta, filma, pinta, inventa, investiga, recita, pon en marcha los mecanismos intrínsecos que hay en ti. Nunca sabes hasta dónde puede llegar tu acción, cuánto puede influir tu talento, cómo puede cambiar nuestro entorno.

Por muy pequeño que te veas, no te menosprecies. Por mucho que te tiente el no hacer nada, no te quedes quieto.

Muévete.

 

 

23 abril, 2017

Una moraleja más…

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 2:34 pm

 

Transcurría una tarde de abril poco inspirada. Mientras escribía, era consciente de la pugna que tenía con las palabras, que parecían no querer salir de mi cabeza. Pero me había empeñado en terminar mi nuevo relato para la columna “Con moraleja”, ya saben, mi sección en desafiosliterarios, donde pretendo escribir historias con una enseñanza final, algo sobre lo que reflexionar, a modo de los cuentos clásicos de antaño.

Y a un clásico recurrí para resolver mi problema de inspiración. De esa manera hice vestirse, ceñirse su armadura y salir al galope a lomos de un blanco corcel, al caballero San Jorge, con destino al lugar donde se hallara su hermosa y amada princesa en apuros.

Ya lo conocen: fuerte, valiente, impetuoso; no existía peñasco demasiado alto ni valle  suficientemente tenebroso como para hacerle desistir de su empeño. Atravesó bosques plagados de bandidos y desiertos colmados de fieras, hasta llegar a la ciudad, que se erguía sobre la colina como un bastión que en tiempos remotos debió tener mejor aspecto.

La tarde decaía cansada sobre sus habitantes, que recogían sus enseres a toda prisa. El alfarero tiraba de un carretón sin importarle que algunas jarras cayeran despedazándose en el suelo. El panadero hacía caso omiso de la harina que perdían los sacos que transportaba. Las madres apuraban a sus criaturas para que se refugiaran de inmediato en el amparo de su hogar.

Un anciano caminaba presuroso, ayudado por su fiel y gastado bastón. Pareció ser el único en distinguir al recién llegado, a quien hizo señas para que se acercase. Su rostro arrugado evidenciaba los largos años vividos y sus ojos apagados reflejaban el miedo de quien ya ha visto mucho sufrimiento. Sus labios temblaban cuando dejó salir unas palabras que conmocionaron al caballero:

— ¡Papá, ven a jugar conmigo!

Después de la sorpresa, me giré para observar el rostro sonriente de un chiquillo de nueve años.

— Ahora no puedo, Josué —respondí—. ¿Por qué no juegas tú solo?

— ¡Jo! ¡Es muy aburrido!

— Anda, ve. Que te divertirás.

Lamento la interrupción; como pueden ver, mi hijo ha entrado en el despacho y quiere que vaya… Bueno, no importa.

Como iba diciendo, el anciano habló con el caballero para darle cuenta de la situación:

— ¿Eres extranjero aquí? ¡Ven conmigo, muchacho! No es conveniente que te quedes aquí fuera esta noche, a no ser que desees encontrarte cara a cara con el mismo demonio.

El anciano lo hizo entrar en su casa, cerca de las murallas de la ciudad. Después de asegurar la puerta con una sonora vuelta al cerrojo, procedió a darle la pertinente explicación:

— Cada tres lunas aparece por esta ciudad una bestia enorme, temible, capaz de destruir todo a su paso sin dejar escombro bajo el cual refugiarse. Su apetito voraz nos dejó sin ganado y amenazaba nuestras cosechas, de tal manera que diezmaba peligrosamente a la población. Pero hallamos una forma de aplacar su ira: la bestia parecía contentarse si tan solo le ofrecíamos un sacrificio. Por tanto, al acercarse la fecha aciaga, una doncella es seleccionada por azar para ser devorada por el monstruo y salvar así al resto de los habitantes.

Indicó al caballero que se asomara por la ventana. En lo alto de la muralla, una joven de cabello claro como el sol y vestido blanco como la nieve, esperaba con aire solemne oteando el horizonte.

— La mala suerte ha querido que esta vez la escogida sea nuestra princesa —continuó diciendo—. Es muy amada por su pueblo, tanto que incluso ha recibido ofertas para ocupar su lugar frente a la bestia; pero ella ha aceptado su sino con valentía y determinación.

El caballero contempló la escena mientras se le encogía el corazón. Había vivido demasiadas batallas y visto correr demasiada sangre. Conocía la angustia del desamparado y el clamor de quienes han sufrido en su carne las injusticias. Por muy tentado que se sintiera a no hacer nada, siempre tendría en su cabeza una voz que despertaba su conciencia, como un eco lejano que le gritaba una y otra vez:

— ¡Papiiiiii!  ¡Sal afuera a jugaaaar!

— ¡Que ahora no puedo, Josué! —fue la respuesta; la mía, no la de San Jorge—. ¡Estoy ocupado con algo importante!

Lo que quiero decir es que el caballero no podía permanecer de brazos cruzados ante tal situación y salió corriendo de la casa en dirección a la muralla. Las tinieblas ya se habían esparcido como un manto que cubría los tejados. La oscuridad de la noche no podía sino presagiar el mal que se aproximaba…

— ¡Pero si hace un sol tremendo! ¡Siempre dices que, cuando hace sol, es bueno que salgamos a la calle!

No pude evitar que mis dedos golpearan mi frente, apretándola con fuerza, como si tratara de impedir que las ideas saltaran de la cabeza.

— No, Josué. Ahora es de noche. Necesito que sea de noche para dar énfasis a la historia. Es un símbolo usado como metáfora para representar el concepto de la amenaza subyacente. ¿Entiendes?

Me miró con el ceño fruncido por el hueco de la ventana.

— ¡Pero si el sol brilla una barbaridad! ¡En serio!

¡Olvidémoslo! La cuestión es que trepó por la muralla y llegó hasta donde estaba la princesa. ¡Dios mío! ¡Era más hermosa de lo que había imaginado! Su rostro, puro e inocente, reflejaba la belleza del nacimiento de una flor; sus cabellos ondulantes jugaban mecidos por el viento, como las olas del mar, reflejando la luz de las estrellas. Los ojos del caballero apenas podían contener un río de lágrimas de emoción. Cuanto más se acercaba a ella, mayor era el esfuerzo que debía realizar para que su corazón no saliera de su pecho.

“¡Boum!”

Se escuchaba un latido como un golpe seco en la pared.

“¡Boum!”

De nuevo; parecía que todo retumbaba con cada golpe. Me asomé otra vez por la ventana y grité:

— Josué, ¿qué haces?

— Estoy jugando con el balón. ¿Vienes a jugar a fútbol?

— ¡No, Josué, ya te lo he dicho! ¡Y no chutes contra la pared, que se mueve todo!

Volviendo a nuestra historia, de repente el ambiente se volvió siniestro y amenazador. Una espesa nube gris envolvió la noche dejando olor a azufre en cada rincón. Un ruido ensordecedor resonaba como insistente trueno que anuncia una tormenta. De entre la negrura aparecieron dos ojos fulgurantes como antorchas, dando paso a unas alas tan grandes como las aspas de un molino y unas garras afiladas como las espadas del mejor forjador. Su boca parecía alimentada por las brasas del infierno y sus escamas parecían tan duras como la roca de las montañas. Desde el poblado se oyó un estremecedor grito:

— ¡Una lagartijaaaa!

— ¿Qué dices?

— ¡Que he visto una lagartija! ¡Corre, ven!

Esta vez sí; con la ventana abierta, hice valer mi, hasta ahora, cuestionada autoridad y estipulé claramente los límites de mi paciencia.

— ¡Por favor, Josué! ¡Basta de interrupciones! ¡Lo que estoy haciendo es muy importante! ¡Así que deja ya de llamarme y no me molestes más!

Y entonces, por fin, desde el poblado se oyó un estremecedor grito:

— ¡El dragón! ¡Ha venido el dragón!

San Jorge se plantó frente a la bestia, mirándola fijamente a los ojos. El monstruo le devolvió la mirada, posándose junto a él en tono amenazador. Acercó su enorme hocico al rostro del caballero para observar quién era el insensato que osaba plantarle cara de aquella manera. Cada colmillo, afilado como un cuchillo, parecía capaz de desgajar las piedras como si fueran hogazas de pan. Entonces, para sorpresa de todos, el guerrero se quitó su yelmo, dejó caer su espada y se desvistió de su coraza. Levantó una mano extendida para acariciar la cabeza de la bestia. Con voz suave pero suficientemente audible para que le escuchara todo el pueblo, habló con el animal:

— No tenemos por qué hacerlo. No hace falta luchar. Ya hemos vivido egoístamente cada uno de nosotros, pensando tan solo en nosotros mismos. Es tiempo ya de que dejemos de ser enemigos. Podemos vivir en paz. No insistamos en aislarnos los unos de los otros, enfocados en nuestros propios intereses. No ignoremos la necesidad que todos tenemos de aceptación, comprensión y compañía…

— ¿Por qué no?

El caballero balbuceó, sorprendido de que el monstruo poseyera la capacidad de hablar.

— ¿Por qué no… qué?

— ¿Por qué no puedes salir a jugar conmigo?

Me volví y me di cuenta que Josué me observaba a través de la ventana con esos ojos manipuladores que solo los niños saben poner. Más cansado que enfadado, traté de contestarle con la mayor suavidad que era capaz de ofrecer:

— Ya te lo he dicho, Josué. Tengo algo importante que hacer. Estoy tratando de escribir una historia que nos hable de la importancia de las relaciones, que es mejor disfrutar de la compañía los unos de los otros y cuán fundamental resulta estar cerca de las personas que amamos; porque al fin y al cabo ese será el mejor recuerdo que conservemos cuando lleguemos a viejos. El aislamiento y la soledad solo trae desconfianza; pero en cambio, pasar tiempo juntos nos ayuda a conocernos y ser amigos. Es por eso no puedo salir a jugar contigo. ¿Lo entiendes de una vez?

Mi hijo asintió, asegurándome que no volvería a interrumpirme, y acudió de nuevo a sus juegos en el jardín. ¡Por fin parece que podré terminar la historia!

Veamos, ¿por dónde iba…? ¡Ah, sí, el dragón! El terrible animal notaba el calor de la mano apoyada sobre su hocico. Examinaba atentamente al caballero al tiempo que se hacía más lenta su respiración…

¡Míralo! Puedo ver por la ventana cómo se distrae persiguiendo una mariposa.

…La princesa, que observaba la escena con las manos apretadas contra el pecho, elevaba al cielo los versos de una inaudible plegaria…

¡Parece que ha visto un nido de hormigas! Está jugando con ellas con un palo.

…El caballero extendió la otra mano para… Bueno, para tocar… No; para saludar…

Una sensación inconsciente hizo que me removiera incómodo en el asiento. Tenía la impresión de que las musas habían chocado unas con otras, distraídas por las interrupciones de los últimos minutos.

Quisiera pedirles perdón por no poder terminar esta historia. Pero afuera tengo un niño cuyo padre tiene que aprender una lección sobre las relaciones. Lo lamento mucho y espero verles la próxima semana con un relato totalmente acabado. Muchas gracias por su comprensión. ¡Feliz día de San Jorge!

16 marzo, 2017

El mentiroso

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , , — Juan Sauce @ 8:51 pm

— ¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

¿Qué edad tendría entonces? ¿Catorce? ¿Quince años? Sí, debió ser más o menos en esa época. Ya ha pasado bastante tiempo desde entonces pero todavía recuerdo cantinela como si fuera ayer. La cantábamos con desprecio, sin compasión; como cada golpe de palabras que proferíamos contra él.

La verdad, no sé cómo pudo haber llegado al instituto. Tengo entendido que cuando detectaban casos como el suyo, enseguida los derivaban a centros especiales. Él apenas hablaba con nadie, su cerebro no estaba capacitado para relacionarse con el mundo exterior. No miraba a nadie a los ojos y su ingenuidad, de una simpleza extraordinaria, le hizo ganarse más de un empujón y alguna zancadilla malintencionada.

Pero es que además nos sorprendía con sus comentarios espontáneos, que soltaba así, de pronto; tales como:

— ¡Ayer he visto de cerca una ballena enorme!

Mentiroso. ¿Cómo iba a ver una ballena si hace más de un siglo que se extinguió dicho animal? O como en otra ocasión, antes de tomar el aerobús escolar, cuando soltó:

— El otro día viajé en un tren antiguo por las selvas de la India.

— ¡Mentiroso! ¡Mentiroso! —se ganaba de nuevo otra canción. Todos sabíamos que era una mentira porque nadie podía salir de la ciudad sin un salvoconducto, de esos con microchip, que dispensan en las estancias del gobierno; su familia nunca hubiera podido permitirse un lujo así.

Pero él seguía con sus declaraciones estúpidas. Bastaba que viera algún objeto que le recordara algo, o un evento que prendiera alguna chispa de su diminuta cabecita, para que soltara otra enorme sandez.

— ¡Hoy he visitado un planeta lleno de árboles gigantes!

— Una vez subí a un barco pirata que me llevó a una isla desierta.

— Yo he visto seres gigantes y diminutos.

— ¡Estuve conversando con un gato que habla!

Aunque sus comentarios me resultaban molestos, no solía hacerle mucho caso. Pero lo que más me irritaba era la buena relación que parecía tener con el señor Thompson. Rondaba más de los cincuenta, con un bigote rampante y una mirada que parecía escudriñarlo todo. Era, con diferencia, mi profesor favorito del instituto. No sabría decir por qué. Tal vez porque era menos estricto que el resto de maestros, o más cercano en su trato con los alumnos; no sé. Sé que esto no debería ser así, pues se nos enseñaba muy férreamente que no debíamos tener ninguna relación de camaradería con personas que estaban en puestos de autoridad.

Era el profesor de Historia, una asignatura secundaria; no tan importante como Administración o Legislación. Su materia era escueta; apenas estudiábamos Prehistoria, Edad Media, la Revolución Industrial y, por supuesto, la actual era de la Administración Clone, la parte más gruesa del libro. Un día nos explicó que, antiguamente, los colegios enseñaban Arte y Literatura. Se arriesgaba demasiado. En aquel momento no lo sabíamos, pero había temas de los que no se podía hablar. El gobierno había prohibido esas asignaturas por superfluas e inútiles para la productividad del Estado.

Pero, como decía, me caía bien. No como el mentiroso, que parecía haberse ganado su confianza. Por eso un día lo seguí, al bajar del aerobús. Lo de caminar por un barrio que no era el mío fue una locura, de esas que se hacen de adolescente, aunque en realidad estaba a solo dos paradas después del mío. Tuve que ponerme la mascarilla, pues me pareció que el nivel de polución en aquella zona era mayor que en el resto de la ciudad. Llegó hasta una puerta que le abrió una mujer, que no era su madre; lo sé porque alguna vez la había visto en las reuniones escolares, cuando dan las instrucciones a los padres. Estuve esperando como una hora cuando otra persona entró en la vivienda. Era el señor Thompson. ¡No sabía que vivía, relativamente, tan cerca de mi casa! Esperé una hora más y salió el chico de allí, muy contento. Le seguí de nuevo a escondidas hasta que llegó a la que, esta vez sí, era su casa, bastante cercana de la del profesor.

Justo en ese momento, noté cómo se posaba violentamente una mano sobre mi hombro. Al girarme observé a un guardia estatal, enfrentándome con cara de pocos amigos.

— ¡Niño! ¡Esta no es tu zona! ¡Tu tarjeta de identificación es azul, no verde! ¿Me puedes decir qué haces aquí?

Instintivamente miré el retal de color obligatorio en mi chaleco, como queriendo verificar lo que ya sabía. Del susto, confesé y le expliqué que me parecía sospechoso que el crío ese, el mentiroso, fuera a casa del profesor Thompson, y por eso le seguí.

— ¡Está bien, chico! —me soltó tan repentinamente como me había agarrado—. Consideraré que te has equivocado de barrio. ¡Vete a tu casa! ¡Y no vuelvas a confundirte!

Regresé tan rápido como pude, con el miedo dentro del cuerpo. Al llegar a mi casa, tuve que dar explicaciones a mis padres del porqué de mi retraso. Pero a ellos no les conté la verdad, y los convencí de que me había quedado dormido durante el regreso y por eso me equivoqué de parada.

Pasaron un par de días y sucedió que ni el mentiroso, ni el señor Thompson, vinieron más a la escuela. Sobre el primero nos dijeron que lo habían trasladado, por fin, a otro centro más adecuado a sus características especiales. Sobre el segundo, nos informaron que el profesor se había visto obligado a realizar un viaje de suma importancia y pronto enviarían a un sustituto. Nunca volvimos a verlos.

Ese mismo día, sumido en mis pensamientos y casi sin darme cuenta, bajé otra vez en la parada del mentiroso. Pasé de largo junto a su casa que, obviamente, estaba vacía. Me planté luego frente a la vivienda del profesor, con cara de estupefacción. Sobre la puerta estaba pegada la señal amarilla de la policía, indicando que nadie debía cruzar ese umbral. No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento; debió de ser una de esas tonterías que se hacen solo una vez en la vida. La cuestión es que entré y vi todo un desorden de trastos, muebles y libros, muchos libros, tirados por el suelo. Me agaché para observarlos y me parecieron muy extraños porque no eran los típicos de álgebra, ofimática o idiomas. Sus títulos eran Moby-Dick, La vuelta al mundo en ochenta días, El principito, La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, Alicia en el País de las Maravillas…

Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ahora lo recuerdo, mientras bajo al búnker secreto que construyeron mis antepasados bajo la casa durante la Tercera Guerra. Allí tengo guardados la docena de ejemplares que apenas me pude llevar de la casa del profesor antes de que lo desaparecieran todo. Parece increíble; he leído estos libros una y otra vez, y me doy cuenta ahora, de viejo, que yo también he visto ballenas, viajado por la selva y visitado planetas hermosos, cosas que no podría haberlas hecho de otra manera. A estas alturas me doy cuenta de lo afortunado que era el mentiroso. Y de que decía la verdad cuando soltaba sus sandeces. Sí, tenía razón el mentiroso…

5 marzo, 2017

Ganar o perder (historia de la liebre, la tortuga y algunos más)

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , — Juan Sauce @ 7:19 am

¿Te imaginas el cuento de la liebre y la tortuga, pero llevado aún más allá? Este fue el primer relato que se me ocurrió cuando comencé mi aventura de escribir para la página desafiosliterarios.com. El dibujo también es mío.

GANAR O PERDER (HISTORIA DE LA LIEBRE, LA TORTUGA Y ALGUNOS MÁS)

La tortuga ganó a la liebre en una carrera debido a que ésta, en un exceso de confianza, se quedó dormida. A su vez, la liebre ganó al camaleón en un concurso de camuflaje, porque el camaleón se olvidó de que los pigmentos de su piel no pueden volverse blancos como la nieve.
El camaleón, curiosamente, había ganado a la rana en una competición de saltos, ya que al batracio, con los nervios, le dio un calambre en la pata justo cuando tomaba carrerilla. Sin embargo la rana hubo ganado al canario en una prueba de canto, simplemente porque el canario se dio un buen empacho a la hora de comer y le dio hipo en el momento más inoportuno.
Aunque el canario había ganado a la sardina en un reto de natación, y es que la sardina se equivocó de camino porque no distinguía la diferencia entre el este del noreste en su tridimensional mundo submarino. La sardina ganó al colibrí en una apuesta para ver quién aleteaba más rápido sus extremidades, porque el pajarillo tuvo la mala suerte de competir fuera de su ambiente, donde tuvo frío y no fue capaz de separar las alas de su cuerpo para moverlas.
El colibrí ganó a la zarigüeya a la hora de hacerse el muerto porque en su demostración, la zarigüeya se dejó caer sobre un matorral lleno de espinos y os podéis imaginar el grito que soltó. Y por último, la zarigüeya venció a la tortuga en una muestra para ver quién tenía la casa más práctica y original, simplemente porque cuando pasó el jurado junto al cansado reptil, éste se escondió en su caparazón para que la vieran bien pero la confundieron con una simple roca…
Esto me lleva a pensar que no importa lo bueno que sea en una cosa, siempre me pueden ganar. Que no importa cuántas veces pierda, volveré a tener oportunidades para vencer. Que el orgullo, la mala suerte, las circunstancias, un descuido, una absurda equivocación o las propias limitaciones pueden echar a perder lo que mejor sé hacer. Que siempre encontraré gente más capacitada y con más talento que yo pero eso no me impide participar y lograr. Que debemos intentarlo siempre porque no sabemos cuáles serán los imprevisibles resultados. O simplemente que, a veces se gana y a veces se pierde, y hay que saber vivir con eso.

12 febrero, 2017

La carrera de mi vida

Filed under: Relatos — Etiquetas: — Juan Sauce @ 5:39 pm

Fue hace ya muchos años y era demasiado pequeño como para recordar los detalles, pero creo que fue más o menos así.

Dudo que conociera a ninguno de mis adversarios, a pesar de que todos procedíamos del mismo lugar. Pero no estaba por la labor de reconocer a competidores sin nombre; ni siquiera los tenía como enemigos. Todo mi ser se concentraba en una sola cosa: llegar a la meta y conseguir el premio.

La batalla fue muy dura. Salimos todos a la vez, a la máxima velocidad que podía permitirnos nuestra corta existencia. Seguro que tropezábamos unos con otros, en esa carrera de multitudes, una marabunta tan grande que no me sorprendería si me dijeran que éramos miles… ¡o millones! Empujados unos por otros, actuábamos sin compasión hacia nuestro prójimo, como una manada que lucha por su supervivencia. Muchos se quedaron por el camino, cansados, exhaustos, sin fuerzas. Otros se equivocaron de ruta, quedando así condenados, no solo al fracaso, sino a la muerte. Y es que no resultaba fácil orientarse por aquellas extrañas grutas, cavidades sin señalización, lugar solitario y hostil en el cual nunca había estado… ¡Y sin luz! ¿Qué fue lo que me guió? Pienso que fue el instinto, algo más fuerte que yo que me hacía poner en movimiento todo mi cuerpo, ayudado por mi única extremidad.

Finalmente llegué al destino. Pero no fui el único. Ni siquiera sé si fui el primero. Como locos comenzamos a buscar desesperadamente la entrada de aquel lugar. Cada segundo que pasábamos palpando la pared era un tiempo precioso que jugaba en nuestra contra. Pero finalmente lo conseguí. Hallé el angosto acceso por el cual me deslicé hasta el interior. La entrada quedó bloqueada tras de mí. Nadie más pudo entrar. Quienes quedaron fuera estaban destinados a extinguirse. De todos ellos, solo yo continuaría esta carrera de ahora en adelante. Pagué un precio por mi hazaña: perdí mi cola. Pero obtuve a cambio la salvación, la victoria, el premio, la vida. En aquel momento, mi unión con aquel organismo, en el útero materno, engendró algo. Fue engendrado algo que, tristemente, tardé muchos, muchísimos años en descubrir: iba a nacer un ganador.

22 enero, 2017

El señor conductor no se ríe, por Juanjo Ferrer

Filed under: Compañeros de letras — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 9:52 am

Hoy quiero continuar con la sección en que presento a mis compañeros de letras en la  web desafiosliterarios.com. Recupero en esta ocasión a alguien que hace ya un tiempo que ha dejado de subir relatos a la página, pero que a mí siempre me ha sorprendido muy gratamente. Comparto con él mi interés por la fantasía y la ciencia ficción (¡y también el dibujo!) y son de esta temática los originales textos con los que Juanjo Ferrer me ha hecho disfrutar hasta ahora.

Mi favorito se titula “De lo mío con la hija muda del Señor Sapo”, una historia narrada en nueve episodios que podéis encontrar en la sección “series” de la página de desafíos. Para esta ocasión he traído un relato que muestra muy bien el buen ritmo narrativo que Juanjo sabe dar a sus historias. ¡Que no os asuste el que suela escribir relatos bastante largos porque todos ellos valen la pena!

Comprobadlo vosotros mismos y disfrutad.

El señor conductor no se ríe

Valentino era conductor de autobuses. Era un tipo serio. Siempre le cantaban “El señor conductor no se ríe” y aunque no se reía por fuera, siempre se reía por dentro, excepto aquel día.

Ese día su compañero se había puesto enfermo y le tocó a él llevar a una clase de EGB a una casa de colonias. Memorizó la ruta y se subió al autocar que le habían asignado y puesto a punto. Llegó puntual al colegio. Eran niñas y niños de ocho o nueve años: chiquitajos, grandullones, despistados o avispados. Todos sonrientes por la ilusión del viaje. Se alegraba cada vez que algún alumno le recordaba a alguno de sus nietos, pero como era un tipo serio, su sonrisa interior no solía salir al exterior.

De un vistazo vio que no iban a caber y así fue. Las profesoras decidieron que en varias plazas dobles irían tres, y que en la última fila, que era de cinco, podían sentarse siete (eran los años 80). Usaron el asiento del copiloto como castigo para un chaval que debía estar tocando las narices muy por encima de la media: era bastante normal. La algarabía inicial fue disminuyendo a medida que se alejaban del colegio, pero sin llegar a desaparecer.

Al salir de la ciudad, muchos ya se habían percatado de que el conductor era un tipo muy serio y consideraron que era imprescindible cantarle la canción:

«El señor conductor no se ríe, no se ríe».

Esa era la letra íntegra de la canción. Las profesoras, sin excesivo ímpetu, pedían a la chavalería que no la cantaran. Por supuesto, la cantaron hasta que se cansaron.

—¿Estás enfadado? — Le preguntó el chaval que estaba castigado a su lado.

—Claro que no, hijo. —Respondió Valentino— ¿Parezco enfadado?

—Sí, tienes cara de enfadado todo el rato.

Valentino, sin apartar la vista de la carretera y con cierto esfuerzo, esbozó media sonrisa para que el niño no le tuviera miedo.

Ya andaban subiendo una pendiente muy pronunciada y sinuosa. El cuentarrevoluciones bailando en la parte alta y el uso repetido de la palanca de cambio daban buena cuenta de ello. Hacía mucho calor y eran muchos kilómetros de ascenso.

—¿Cuál es la velocidad super máxima de este autobús? —Le interrogó el chaval.

—Noventa o cien. —Contestó bajando de marcha para encarar la bajada del puerto.

—¡Fua, qué poco! —Exclamó, decepcionado el chaval.

—Bueno, no hace falta más. —dijo Valentino al tiempo que pisaba suavemente el pedal del freno.

Llegaron a un tramo muy largo de descenso.

Se le heló la espalda y la frente al notar que los frenos no respondían en pleno descenso del puerto. Ni pisando a fondo hacían el más mínimo amago de contener esa mole llena de niños. Imploró a Dios que fuera una pesadilla.

—¡Mi padre tiene un coche que puede ir por todas partes! —Gritó orgulloso el chaval— ¡Hasta por un volcán!

Cuando aceptó que no era una pesadilla embragó para reducir de marcha. Era tan grande la pendiente que antes de que entrara la marcha, el bus ganó velocidad. Por suerte, la marcha entró y retuvo algo el vehículo.

—Vuelves a estar serio. —Indicó el chiquillo.

Intentó reducir otra velocidad, pero no entraba de ninguna manera y estaban ganando velocidad por tener pisado el embrague. Además, si acababa rompiendo la caja de cambios por forzarla, el coche quedaría sin tracción y volcarían en la primera curva, que llegaba ya.

Los del fondo empezaron a cantar otra vez “El señor conductor no se ríe” y pronto se contagió a todos los demás.

Se acercaba la curva. Si la superaba, llegaba un tramo de menos pendiente en el que podría reducir. «¡No puedo no superarla, Dios mío, que llevo a sesenta chiquillos!»

—¡La superaremos! —dijo el niño.

—¿Qué has dicho?—aquella pregunta le sorprendió e hizo que se diera cuenta de que el niño le estaba hablando.

—¡Que vamos a superar la velocidad super máxima!

Cuando volvió a concentrarse en la maniobra ya estaba en plena curva, las ruedas chirriaron y la fuerza centrífuga empujó a todos hacia el lado contrario de la curva. Lejos de asustarse, les resultó gracioso inclinarse todos al tiempo. Tras varias carcajadas, siguieron cantando la canción más fuerte todavía.

Superaron la curva. Pisó el embrague y empujó con fuerza la palanca. La caja de cambios rascó tanto que las profesoras se asustaron. Por suerte, la marcha entró sin romperse. No fue suficiente para detener el bus y quedaba aún mucho tramo de descenso.

Aunque iba a entrar en la siguiente curva con algo menos de velocidad, tuvo que controlar el terror que sintió al ver que había un cortado en su exterior. «Dios mío, llévame a mí, pero deja a los chiquillos».

—¿Qué es mejor, un autobús o un coche? —le preguntó el niño, mientras todos cantaban.

Intentó bajar otra marcha para entrar a menos velocidad en la curva, pero no pudo, así que se abrió todo lo que pudo para encararla bien.

—Mi padre dice que ninguno es mejor que otro, que cada uno hace su función. —Se respondió el chico— ¿Qué quiere decir eso, Valentino?

Al oír su nombre se dio cuenta de que el chiquillo seguía hablándole y quiso responderle para que no se asustara. Cuando abrió la boca para contestar, entró fuerte en la curva y todo el niñerío se inclinó al lado contrario. Volvió a resultarles gracioso y cantaron más fuerte y más rápido. Curva superada. Al salir de ella redujo otra marcha provocando otro gran estruendo en la caja de cambios.

—¿Te han multado por correr alguna vez? —Preguntó el niño.

Cada vez cantaban más fuerte “el señor conductor no se ríe” y el autobús ganaba velocidad al entrar en un tramo con más pendiente que el anterior. El motor rugía al intentar retener el descenso y la aguja bailaba en la parte roja del cuentarrevoluciones. Llegaban al siguiente giro. Era demasiado cerrado para la velocidad que llevaban, iban a volcar.

—Si te ponen una multa, me avisas, que mi padre es juez.

No serviría de nada avisar del inminente vuelco a los pasajeros porque no había cinturones de seguridad y sólo serviría para hacerles sufrir. Valentino sintió tristeza por los chiquillos y sus familias, y se acordó de la suya propia.

—¡Otra vez estás serio!

Veía cómo se acercaba la curva fatal.

«Dios mío, que no sufran».

—¡Cómo puedes estar enfadado si te ha elegido para conducir un autobús tan chuli!

Las palabras del chiquillo le infundieron coraje y empleó todos sus sentidos para colocar el bus en la posición que tuviera menos probabilidades de volcar y caer al vacío.

—¡Será que confían en ti!

Valentino miró al niño, esbozó media sonrisa, volvió la vista a la carretera y giró el volante los grados precisos. Ni uno más ni uno menos. Las ruedas exteriores chirriaron como cien caballos relinchando al tiempo y la interiores se levantaron medio metro del suelo. Se hizo el silencio. El gigante autobús se debatió, durante unos segundo eternos, entre volcar o vivir.

Las ruedas volvieron a tocar el suelo dando un golpe tremendo. Todos se asustaron y muchos lloraron. Las profesoras se habían quedado pálidas. Aprovechó, Valentino, la salida de la curva para reducir. La pendiente ya no era tan pronunciada y combinando la palanca de cambio y el freno de mano, logró detener el autobús por completo. Lo había logrado.

«Gracias, Dios mío».

Cuando fue a ver si el chaval estaba asustado, no lo vio. Lo buscó por todo el bus y no lo encontró. Las profesoras, extrañadas, le dijeron que no habían sentado a nadie en el sitio del copiloto. Le dieron las gracias por su proeza y los niños le cantaron “el señor conductor no se ríe”.

16 octubre, 2016

Homenajes

Filed under: Cosas mías,Relatos — Etiquetas: , , , — Juan Sauce @ 8:26 pm

No cabe duda que la literatura influye en el escritor. Algo que parece tan obvio, parece no ser comprendido en numerosas ocasiones. Es muy difícil realmente encontrar algo totalmente novedoso. Muchas veces criticamos escritores que, a nuestra consideración, están copiando la obra de otro autor, cuando resulta que realmente ese otro colega suyo lo está influenciando. A veces inconscientemente; quiero decir, podemos tener una idea en mente que no sabemos de dónde ha salido, hasta pensamos que es totalmente nuestra, pero realmente se trata de un germen que alguna lectura de antaño hubo almacenado en nuestro cerebro. ¿Quién puede decir que ha escrito algo de lo que no se haya escrito antes?

Por supuesto, también hay los caraduras que pretenden plagiar, sin más prejuicios que el de cambiar nombres y lugares para tratar de apoderarse de la obra de otro, o aprovecharse descaradamente de lo que a otro le brindó éxito. Pero pienso que esos son “los pocos” y, si hay muchos, no suelen ser muy visibles.

Y hay un tercer grupo, que son los homenajeadores. Algunos lo hacen sin hacer referencia directa al inspirador de su relato. Estos no son siempre comprendidos y los acusan de plagio, cuando no ha sido su intención. Otros rinden un homenaje directo a alguna obra sin asomo alguno de ocultarlo. De este último grupo quiero presentaros algunas de mis obras-homenaje. Sí, toda esta “parrafada” es con la intención de animaros a leerlos. Es más, os invito a que, si alguno de los títulos que aquí os presento es de vuestro agrado, le echéis un vistazo al relato al que podéis acceder a través del enlace. O aunque solo sea por curiosidad, a ver qué tengo yo que decir de determinado libro.

Dicho esto, solo me queda añadir. ¡Viva la literatura!

libro el principito   Relato: Golondrinas.

sherlock-holmes   Relato: Sherlock Holmes y el caso que se resuelve por una atenta lectura del relato.

liebre-y-tortuga   Relato: Ganar o perder (historia de la liebre, la tortuga y algunos más).

mago-de-oz   Relato: Carta de Dorothy a sus amigos de Oz.

senor-de-los-anillos   Relato: Por los hobbits.

don-quijote   Relato: Del suceso en que nuestro famoso caballero confundió a gigantes con molinos de viento.

divina-comedia  viaje-al-centro-de-la-tierra   Relato: Pértiga en mano y cuento volando.

biblia   Relatos: La primera corriente submarina, Historias ya contadas y Docencia divina.

9 octubre, 2016

Diferencies

Filed under: Cómic e ilustración — Etiquetas: , — Juan Sauce @ 9:07 pm

Hoy os presento un cómic con el que participé en un concurso hace unos años (no gané, por si alguien pregunta). Lo he subido en dos imágenes porque solo lo tengo en tamaño DIN-A3 y no me cabe en el escáner. Está en catalán pero por si alguien no se atreve (si en realidad es muy fácil de entender…), yo os lo traduzco:

DIFERENCIAS
¡Mira que son buenas cuando nos unen!

Pues eso…

diferencies-1

diferencies-2

 

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